
Joaquín Marías Corbalán Corbalán, Alguazas, 1952, chofer de profesión, Ha publicado Donde duermen las palabras, 2005. Cuenta que descubrió la poesía por casualidad, o ella le descubrió a él, cuando un libro le cayó sobre la cabeza mientras buscaba otro. Fue un poemario de Antonio Machado y, desde entonces, no ha podido dejarla.
Le entrevistamos por su último poemario, La estación de los silencios.
Una entrevista de Francisco Javier Illán Vivas
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Pregunta.- Cuando comenté su anterior libro, Donde duermen las palabras, no existía la sección Hablando de libros, y no tuve ocasión de que nos hablase de ese “accidente casero” que le hizo encontrarse con la poesía. Háblenos ahora de él.
Respuesta.- Ciertamente fue así. El armario donde guardaban algunos viejos libros en casa de mis padres, era demasiado alto para mis diez años. Alzándome sobre los pies, intenté alcanzar a Poe con las puntas de los dedos, pero allí estaba don Antonio Machado para impedirlo de una manera muy peculiar, cayendo sobre mi cabeza, afortunadamente para mí no fue el Quijote.
Pensé que aquel atrevido desconocido, quería ser leído antes que don Edgar ¿tendría algo importante que decirme?
Nunca hago oídos sordos a los susurros del destino.
P.- Hay poetas que publican un libro al año, otros incluso varios al año, pero usted es un poeta tranquilo. Han pasado varios años desde su anterior poemario al que nos ocupa, La estación de los silencios.
R.- Yo soy conductor de transporte internacional. Este trabajo deja poco tiempo para las aficiones y relaciones sociales.
Tengo varios poemarios terminados, los dejo madurar antes de publicarlos.
P. Un libro que tiene mucho de usted, de su familia, de sus amigos. Y donde se atreve con aspectos muy personales. Sirva como ejemplo el poema Te desnudas.
R.- Algunas personas me dicen que se sienten identificadas con mis poemas.
No escribo sobre temas concretos, pero la mayoría de ellos están inspirados en vivencias propias, en lo que me cuentan y en el discurrir cotidiano.
Basta sentarse en la terraza de cualquier bar y mirar pasar la vida, dejarse arrastrar por esa corriente que no para. Las historias acuden solas, sin llamarlas.
Ciertamente algunos poemas son muy personales, pero no por ello extraños o lejanos a los demás.
En cierta ocasión, una señora me pregunto:
-¿De donde sacas todas esas historias?
Le contesté.
-Las busco en el interior de mi mismo, cada uno de nosotros llevamos dentro toda una biblioteca repleta de historias. Solo hay que saber… Contarlas.
P. Me gustaría que nos hablase de los silencios y de las soledades, tan presentes en su poesía.
R.-La poesía es un fiel reflejo del alma de quien la escribe, es el cántico interior que se expande al exterior; que no quiere estar oculto en un mundo paralelo.
Para mi, es en definitiva, la llamada del subconsciente, el lenguaje místico de los iniciados. La otra verdad que surge como un manantial incontenible.
Quizás por mi tendencia a la soledad, tal vez por la naturaleza de mi trabajo de forzados silencios, estas dos… Vamos a llamarles maneras de ser, a fuerza de ser cotidianas crean hábito. Es por eso que son mis compañeras de viaje y salen tanto a relucir en mi poesía, soledad y silencio.
Decía don Antonio Machado, “el hombre que habla solo, aspira algún día ha hablar con Dios”.
Pienso que todos deberíamos algún día practicar su gracia, es una buena medicina para el alma, los místicos de todos los tiempos lo hicieron.

P.- ¿Cómo es el proceso creativo de Joaquín Marías? ¿Cuándo y dónde escribe?
R.-Buena pregunta. Puedo estar una hora frente a un papel en blanco y no escribir nada, otras veces voy conduciendo y aparece la caprichosa musa.
Suelo hacerlo al atardecer, si es en el camión, busco un lugar tranquilo, a ser posible con árboles o cerca de algún río, o en mi despacho, siempre al declinar la tarde.
Enciendo una vela, me hipnotiza su mansa llama, prefiero los días de lluvia, me motivan, me dejo seducir por su dulce monotonía. Otoño es la estación sublime, especialmente el mágico Septiembre, me envuelve con su melancolía, evoca quietud, languidez, el final de una etapa. Septiembre, divide mi alma en mil jirones que se expanden y atrapan a los sueños que huyen a su refugio de invierno.
Tengo un libro de narrativa y estoy terminando otro de historias fantásticas, con ellos no necesito este ambiente, escribo sin más.
Para hacer poesía necesito estar bien conmigo mismo, preciso de este estado emocional. Recreo un ambiente anímico y solitario. Es el pacto inviolable con la musa.
P. Suelo repetir una pregunta a todos los poetas que entrevisto. Usted nos dice en su libro que necesitamos la poesía, tanto como la risa o la música. La necesitamos, para asegurarnos de que aún no hemos perdido del todo nuestras alas, de que aún es posible volar. ¿De verdad lo siente así en un mundo amenazado de muerte por el cambio climático, sumergido en una crisis económica que ha echado del mercado laboral a más de cuatro millones de personas sólo en España, donde se talan las selvas vírgenes para plantar biocombustibles en vez de alimento para los seres humanos? ¿De verdad tiene sentido la poesía en el mundo actual?
R.- Voy a arriesgarme a que me tache de incauto o visionario al decirle lo que sigue. En todas las religiones que han existido a lo largo de todos los tiempos, ni una sola de todas ellas, deja de hablar de fe y de esperanza.
Por mucho mal que el hombre haga al planeta y al hombre mismo, jamás podrá acabar con la fe y la esperanza. En el campo de exterminio nazi de Auschwitz en Polonia, un judío le dijo al alemán que iba a matarle:
-Podrás acabar con mi cuerpo, pero mi fe sobrevivirá con mi alma.
Las alas a las que aludo, son esa fe. Y la esperanza… Volar hacia un mundo mejor. Tenga por seguro que todos volaremos, aun a nuestro pesar.
No estamos solos en el universo, sería absurdo, somos los hermanos pequeños y estamos haciendo trastadas. El gran Padre Azul no permitirá que sus hijos pequeños destruyan su creación, ya han jugado lo suficiente. El tiempo ha llegado.
Esto es la poesía, la lengua mística de los iniciados de la que le hablaba antes.
P.: Esta también es una pregunta ya clásica en mis entrevistas. El conocido escritor japonés Haruki Murakami dijo que escribir novela es un reto, escribir cuentos un placer, que es la diferencia entre plantar un bosque o plantar un jardín. ¿Qué es entonces escribir poesía?
R.- Una pregunta complicada de contestar con palabras. ¿Qué expresa una mirada, que es el amor, y el instinto?
Escribir poesía es una necesidad. Es poner con letras en un papel la parte visible de lo invisible, expresar por escrito lo que sientes oliendo una flor. Es dibujar el alma de un niño, darle un beso al viento que no ves. Es escuchar la canción del silencio, descifrar el secreto de la noche, es… Descubrir la luz en los ojos de un anciano, dormir sobre una nube y no caerte, es pasear bajo la lluvia sin mojarte. Es crear vida donde hay muerte, aislarte del tiempo, hacerte invisible.
P.: Y como esta sección se llama Hablando de Libros, el futuro de los mismos, ¿cómo lo ve?
R.- El cine, cuenta una historia con personajes ya definidos, con paisajes ya creados, sin dejar lugar a nuestra imaginación, acota la posibilidad de que improvisemos. Todo está hecho.
El libro digital es cómodo y practico, eso si, pero además de la imaginación y el sentido de la vista, jamás sentirás el placer de tenerlo entre las manos y sentarte a leerlo debajo de un árbol del jardín. La dulce sensación de acariciar sus tapas, de oler sus páginas, de pasar las hojas que quizás alguien pasó antes que tú, en otro momento y con que sensaciones, poner caras propias a los personajes, recrear colores y escenas, paisajes y momentos. Introducirte dentro del mundo que imaginó su autor.
Nuestros antepasados, guardaban sus recuerdos y sus historias junto con sus secretos en ellos.
Los libros son sagrados, mágicos, están hechos de algo vivo, papel-madera-árbol.
No desaparecerán, nos acompañan desde que el hombre aprendió a escribir.
Muchas gracias.

Francisco Gijón, Madrid 1973, es historiador y reside actualmente en Cartagena.
Antes de dedicarse por completo a la escritura ha desempeñado multitud de oficios, pero con la creación de El secreto de Nicea ha aunado sus tres grandes pasiones: la literatura, la historia y los viajes.
Una entrevista de Francisco Javier Illán Vivas.
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Pregunta.- El secreto de Nicea es la primera novela de Francisco Gijón (no descubriremos quien se esconde tras ese heterónimo) historiador madrileño que reside en Cartagena. Tal vez por eso la primera pregunta deba ser ¿qué hace un historiador en un sitio como este?
Respuesta.- Cartagena es una de las ciudades más antiguas del Mundo, de las pocas que quedan que conservan su pasado. Tiene siete colinas, al igual que Roma, tiene mar, buen clima…. Y lo que es más importante: soy cartagenero de adopción. Aquí es donde trabaja mi mujer que, como decía Ortega y Gasset, “es la labradora de mi alma”. Ella es de Cartagena.
P.- Situemos al lector, ¿qué es Nicea o dónde se encuentra?
R.- Actualmente creo que se llama Iznik y está en Turquía. En los tiempos del Concilio a que hace referencia la novela era una importante ciudad de Asia Menor muy próxima a Constantinopla, capital del Imperio Romano de Oriente.
P.- Lo primero que deseo decirle, y que hablemos sobre ello, es que su novela, sobre todo en lo referente a las Cartas de Atilio, me ha parecido un hermoso canto a la juventud (Pág. 66), al paso del tiempo (Pág. 50 y 61, por ejemplo), al amor (bellísimo fragmento en la página 66), con momentos de verdadera poesía que he ido subrayando a lo largo del texto.
R.- Muchas gracias. Es que Lucio Atilio es una persona muy sensible que no deja de reflexionar sobre todo aquello que hace que merezca la pena estar en este mundo. Supongo que todos nosotros tenemos nuestras nostalgias sobre tiempos pasados, la niñez especialmente, y, conforme vamos cumpliendo canas, reflexionamos sobre la juventud perdida… ¿perdida?. ¿Es la juventud algo que se pierde?. Tal vez no. Pero fíjate que en el fondo Atilio, tan nostálgico él, vive el momento y lo disfruta. Huye del dolor, sí, pero no para retroceder sino para avanzar hacia el futuro. En el fondo es como un niño: los niños no tienen pasado ni futuro, por eso gozan del presente. Pero la edad trae nostalgias inevitables…
P.- Además, en esas cartas conoceremos muchas de las vicisitudes de los reinados de Augusto, Tiberio y Calígua, con personajes secundarios muy destacados, como Livia, Sejano, Herodes Antipas, Poncio Pilato...
R.- La idea original era reflejar cómo era la vida política de la alta sociedad europea de la época. En el siglo I estamos por primera vez ante un mundo globalizado que gira en torno al Mediterráneo, comparte la misma moneda, el mismo idioma, las mismas leyes… pero también los mismos problemas: inflación, paro, inmigración ilegal, luchas por el poder… ¿Cómo eran estas personas y cómo se relacionaban entre ellas?. Por eso la narración es tan coral.
P.- Dígame, ¿tenía Augusto un andar de pies abiertos, como un pato con canilleras, los hombros caídos... pareciendo un ganso junto a Livia?
R.- Pues según cuenta Suetonio parece que sí. Era un tipo un poco tosco y, como diríamos hoy, muy campechano. Un tío simpático en su madurez pero un trepa en su juventud. No era amigo del despilfarro ni de los grandes lujos, se emborrachaba como cualquier otro y su hobby era cultivar su propio huerto en el palacio y cuidar de sus plantitas de jardín. No era nada viajero y siempre que pudo se escaqueó de cumplir con sus obligaciones como militar (a pesar de haber participado activamente en las Guerras Cántabras, lo cierto es que delegó en sus generales y él se pasó más de la mitad del tiempo en un balneario de los Pirineos mientras su hijastro Tiberio se moría de frío en Asturias).
Livia en cambio procedía de una familia de las que hoy diríamos “de rancio abolengo”, y eso se notaba en sus maneras, tenía clase sin duda, y ella lo sabía y se lo dejaba claro a todo el mundo (incluido su marido).
De todos modos, los andares de Augusto también podían ser fruto de su mala salud. Tal vez tenía artrosis, reuma o problemas de espalda, tan comunes en la época.
P.- ¿Y Livia? ¿Realmente era tan malísima como usted la describe, sobre todo en la página 88, esa cruel conversación mientras envenena a su esposo, Augusto?
R.- Bueno, yo siempre parto de la idea de que cuando alguien se convierte en poderoso es porque algo malo habrá hecho en su vida. La política no conoce hombres buenos (es un hecho histórico y podría ponerte ejemplos de casi cualquier siglo: en el origen de todas las fortunas siempre encontraremos cosas que nos harán temblar). Livia era ante todo ambiciosa y muy consciente de su estirpe. Los escritores de la época, incluidos los afectos, la describen así. Todos tenemos en la mente la Livia del “Yo, Claudio” de Robert Graves, que no es sino un plagio maravilloso de la “Vida de los doce Césares” de Suetonio. Para saber si era o no así tenemos que olvidarnos de las fuentes y, haciendo uso de la historiografía, rebuscar entre los indicios: durante el ejercicio de su vida pública tuvo una serie de comportamientos que dejan poco lugar a cualquier duda. Además está el curioso hecho de las muertes de todos los herederos de Augusto por enfermedad, accidente o envenenamiento… hasta que el heredero fue su hijo natural. Entonces ya se dejaron de morir todos (menos Augusto) y la familia Julio-Claudia gozó de unos años de buena salud que le dieron cierta estabilidad al Imperio, todo hay que decirlo.
P.- Sobre Herodías, Atilio dice que es de esas mujeres que no dudan ni por un instante en utilizar sus encantos para causar todo el daño posible a los hombres que las rodean.
R.- ¿Qué otra cosa podía hacer?. En el “Color Púrpura” hay una frase que me llegó al alma; decía así: “Eres mujer, negra y fea… ¿qué esperas conseguir?”. Terrible, ¿verdad?. En un mundo de hombres, hecho por hombres y gestionado por hombres, la que quería tener poder más le valía ser atractiva. Mujeres inteligentes siempre han abundado (más que los hombres), pero ellas han sido muy conscientes de que para “influir” debían primero ocupar el lecho adecuado. Ya lo decía Mika Waltari en “Sinué el Egipcio”: “los hombres siempre pensáis mucho, pero siempre acabáis decidiendo con esa minúscula cosa que os cuelga ahí abajo”. Personalmente opino que Herodías era una mujer fascinante, a la altura de Livia o de Cleopatra, pero la Historia no la ha recordado igual por motivos obvios. Afortunadamente quiero pensar que esa época ha pasado y que ahora las mujeres ya empiezan a ocupar el lugar que nunca deberían haber perdido (porque el origen de la civilización está en el matriarcado y no en el patriarcado, no lo olvidemos).
P.- ¿Octavio, cuando todavía no era nadie, se la chupaba a Julio César? ¿Así ascendió a las altas jerarquía del gobierno de Roma?
R.- Je, je. Bueno, aquí entramos en el escabroso terreno de las opiniones historiográficas. Lo cierto es que Octaviano (Augusto) era sobrino de Julio César por parte de hermana. Julio lo adoptó y le dio su cognomen (en aquella época podías adoptar a cualquiera, incluso a alguien mayor que tú, convertirlo en tu hijo y, por extensión, en tu heredero) y, tras darle el apellido, lo declaró su sucesor (para disgusto de Marco Antonio, al que casi le da un patatús). Pero es que Octaviano no era tampoco hijo natural de su padre biológico, sino adoptado a su vez. Dicho de otro modo: que no sabemos a ciencia cierta de donde sale este hombre en realidad. En cuestión de árboles genealógicos es más seguro andarse por las ramas que atenerse a las raíces, y eso fue lo que él hizo meticulosamente.
Cuando al final de su vida escribió sus memorias, idealizó tanto sobre sus orígenes que llegó a afirmar que era fruto del amor de su madre virgen con un dios (¿Júpiter?) que, en forma de serpiente, había yacido enroscado a ella durante toda una noche. Ahí nació la idea de recurrir a la madre virginal para glorificar todavía más a los personajes a los que se quería idealizar.
Ningún historiador ha dado hasta la fecha un referente claro sobre el origen de este señor ni ha encontrado justificación lógica para que César lo prefiriese a él antes que a Marco Antonio para sucederle, como esperaba todo el mundo. Lo que sí sabemos (y está muy documentado) es que Julio César, además de inteligente, valiente e intelectual, era un pillín que se lo pasaba en grande (“el marido de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos”, que decía el poeta). Que Augusto hubiese sido un amante de César no es ningún disparate (aunque no lo sabemos) y, si comparamos la edad de uno y otro, cuadra bastante. Pero vaya usted a saber, la envidia es muy mala.
P.- Las citadas Cartas de Atilio tienen también importantes mensajes, que pueden ser muy actuales, no sólo por el contenido en la página 58 y que destaco en mi comentario sobre su novela, sino por este, de la página 199: el hombre sin principios encontrará siempre que la primera idea que se le ocurra se le subirá a la cabeza como el vino a un abstemio.
R.- Los tiempos cambian, pero las personas somos las mismas. El ser humano moderno tiene 35.000 años. Los dos mil últimos no son nada en comparación. Piensa que la historia no la escriben quienes vencen, sino que quienes vencen en la historia son los que se cuidan muy mucho de borrar lo que no les interesa. La Humanidad ha ido avanzando conforme la voluntad ha ido venciendo al miedo, por eso la Historia ha consistido siempre en dos pasos hacia delante y uno hacia atrás y nos ha costado tanto desde la Antigüedad Clásica llegar a los Derechos del Hombre o a la igualdad de la mujer. Somos lentos, muy lentos como especie, para lo inteligentes que creemos ser.
P.- ¿Sólo el hombre libre es dichoso y solo es libre quien nada espera y nada teme? (Pág. 254).
R.- Totalmente de acuerdo. La libertad es un hecho intelectual, no depende de la riqueza ni del poder. ¿Qué es la riqueza?: nada si no se gasta y aún menos si se malgasta. Opino que el hombre más peligroso es aquel que tiene miedo y que la ignorancia es la peor de las enfermedades. He conocido pocos hombres libres, pero muy dichosos todos ellos… y ninguno era un ignorante.
P.- No me resigno a preguntarle, ¿cuánto de Atilio hay en Francisco Gijón?
R.- Je, je, je. ¡Ay que ver…!. Francisco Gijón también es un personaje a su manera. Todos somos personajes. Pero con el corazón en la mano te diré que Atilio y yo tenemos en común la nostalgia de “un mundo todavía intacto, cuando todo era nuevo y el cielo reciente y cada cual vivía en una casa en el centro de un huerto sin vallar” (pag. 37). El ser humano ha complicado mucho la vida, se ha vuelto soberbio y… vacío. Atilio es un señor que ha conocido gente de todo tipo, alguna importantísima, pero que no renuncia a su esencia. En ese sentido yo soy igual y creo que en el postrer momento (última página de la novela) mis reflexiones no irían muy desencaminadas de las suyas. Al menos aspiro a eso.
P.- Intercalados entre las lecturas que el Emperador Claudio, ¿o debería decir el Príncipe Claudio?, hace de las cartas de su amigo Lucio Atilio Cretense, hay momentos históricos, que se inician con el encuentro entre Constantino y su cuñado Licinio, siempre alrededor de las Cartas. Al final de la novela, usted nos cuenta, en una extensa nota de autor, los pormenores de todos esos momentos históricos. Pero, ¿se sintió realmente Constantino un elegido?
R.- Total y absolutamente. No un elegido, sino EL ELEGIDO. Y actuó como tal, vaya que si lo hizo. En cuanto a la primera pregunta, tenemos la tendencia a llamar “emperadores” a los “príncipes”. En realidad el imperium era una especie de permiso senatorial que les daban a los príncipes para que gestionasen a sus anchas los dominios de Roma. Se trataba de una monarquía encubierta, disfrazada de república. Fíjate que Tiberio rechazó el título de emperador y se quedó con el mucho más republicano de Príncipe (primun inter pares, o sea, el primero de los iguales, el senador máximo por así decir).
P.- Hace pocos meses leí la novela histórica de mi amigo Jesús Caudevilla, sobre el Papa Pedro Martínez de Luna, Benedicto XIII. ¿Hay en su novela un acto de reivindicación de este personaje: “hasta cuatro pontífices ha tenido simultáneamente la cristiandad por culpa de la obcecación política de quienes gobiernan Europa... Pero yo era el único de todos ellos elegido en un cónclave legal por cardenales legítimos”?
R.- Bueno. Yo tengo la suerte de venir de una familia agnóstica, por lo que he tenido la posibilidad de adentrarme en la historia de la Iglesia Católica desde un punto de vista muy objetivo y distante. Lo cierto es que el Papa Luna fue el último legítimamente elegido por los cardenales. Aunque la costumbre se recuperó después, los siguientes papas ya venían pervertidos por una previa selección política. Según yo lo veo, Pedro Martínez de Luna fue el último Papa genuino. Para más información te recomiendo la novela “El Papa del Mar” de Vicente Blasco Ibáñez.
P.- Pone usted en boca de Pío VII estas palabras que me gustaría comentase, si es posible: lo que darían los padres dominicos por estar en mi lugar ahora mismo (Pág. 146).
R.- Los dominicos conformaban el grueso de la Inquisición. Aunque hay mucha leyenda negra sobre esta organización y sería farragoso entrar en detalles, si mal no recuerdo el fragmento al que te refieres es cuando Pío VII está a punto de tirar a la chimenea encendida unos papeles y quemarlos para siempre. La historia de la Iglesia es la historia de los libros y documentos que ha ido quemando (u ocultando) a lo largo de dieciséis siglos. También es la historia de los que ha ido falsificando, como la Donación de Constantino.
P.- ¿Fue Jesús de Nazaret un agente al servicio de Herodes Antipas?
R.- La verdad es que cuando tuve que documentarme sobre Jesús era tan ignorante sobre el personaje (jamás me había interesado lo más mínimo) que hasta dudaba de su existencia (sólo hay un testimonio contemporáneo que lo menciona, una obra del emperador Claudio, que hace referencia a “los disturbios de los seguidores judíos de un tal Jrestos”. Tras mucho indagar me incliné a pensar que Jesús fue un personaje histórico de verdad, pero ni idea de qué papel había jugado en realidad: nadie lo sabe en realidad. Lo de que fuese agente al servicio de Antipas no lo creo en absoluto. Si embargo sí que pienso que estaba más relacionado con los judíos egipcios que con los de lo que muy pronto se llamaría Palestina y me atrevo a opinar que su muerte perjudicó a los Antipas, por eso no quisieron tomar partido en su linchamiento.
P.- Para terminar con el libro, un par de preguntas más, extraídas de su Nota del Autor: incluye en esta novela un guiño irónico, una sátira sobre la literatura que tanto ha proliferado últimamente acerca de exagerados y oscuros secretos ocultos tras la opaca cortina del Vaticano. Y en concreto, lo hace narrando un encuentro en la Capilla Sixtina entre Juan Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI, en aquellos momentos, siendo los dos últimos cardenales.
R.- Sí, una coña marinera (y de las gordas) para los amantes de las “teorías de la conspiración” y un guiño para quienes están ya un poco hartos de leer novelas históricas mal documentadas, que se sirven de datos sesgados para hacerle un cacao mental y cultural al lector que no se merece.
P.- La otra es esta: el objetivo de El secreto de Nicea es entretener. Recuerdo un texto de Lin Carter que reivindicaba la única finalidad de entretener en una determinada clase de literatura, y fue criticado por sus colegas como que era hasta cierto punto inmoral que la literatura tuviese ese objetivo.
R.- ¿Ah sí?. Bueno, te contesto con una anécdota que le pasó a mi tío tatarabuelo, el Nobel Jacinto Benavente. Cierto día alguien que no le conocía le preguntó en un tren si le gustaba leer y llegó incluso a recomendarle un libro suyo y él contestó que, cuando quería leer una novela, la escribía. Personalmente yo no me termino un libro que no me entretiene. Si además me aporta algo, lo disfruto mucho. Pero si es un rollo… pues lo dejo; no pasa nada. No creo que la literatura sea un tótem y, aunque hay mucho dandismo en este mundillo, a mí no me da vergüenza admitir que de la indiscutible obra maestra (según los entendidos) ULISES, de James Joyce, no pasé de la página 15. Yo no le puedo discutir el mérito porque no la he soportado y confío ciegamente en gente que sabe muchísimo más que yo… pero para mí resultaba infumable, ¿qué hago?. Se volverá a intentar. Yo no creo que haya que escribir con un fin determinado más allá del entretenimiento, lo que sí que pienso es que hay obras que son literatura y otras que no lo son; pero sobre todo, que nadie está obligado a leerse algo que no le esté gustando. Si alguien se ofende por mi comentario es porque piensa que la novela tiene cierta altura literaria y le estaré muy agradecido por su opinión, que no es que no comparta, sino que no me incumbe.
P.- ¿En qué trabaja ahora la pluma de Francisco Gijón?
R.- Ahora mismo tengo en boxes una novela sobre Napoleón durante su exilio en Santa Elena (sin fecha de publicación para España por el momento) y ayer mismo terminé otra sobre la inauguración del Coliseo en tiempos de Domiciano, o sea de gladiadores, con mucha sangre, mucho bicho y mucha garra (cobre todo garra). Mientras vemos a quién le interesa seguiré con una que tengo a medias sobre el emperador Tiberio.
P.- Anuradha Roy, la escritora hindú, declaró que escribir es al mismo tiempo un regalo y una opresión. Su personaje, Lucio Atilio, dice: nadie que es feliz escribe, como tampoco nace el arte de ningún ser pleno. ¿Así lo ve usted?
R.- Pues la verdad es que no. Para mi es un hobby, una evasión, una necesidad. No escribo por obligación. Soy inmensamente feliz escribiendo y disfruto mucho. Y de opresión nada. Escribir para mí, además de una cosa inevitable, es una mezcla de constancia y técnica, pero a la vez es uno de los pocos oficios que te tiene que gustar mucho para poder hacerlo como es debido.
P.: Haruki Murakami dijo una vez que escribir novela es un reto, escribir cuentos un placer, que es la diferencia entre plantar un bosque o plantar un jardín. ¿Cómo lo ve Francisco Gijón?
R.- Cortázar hizo grandes bosques con sus pequeños jardines, ¿no crees?
P.: Y como esta sección se llama Hablando de Libros, el futuro de los mismos, ¿cómo lo ve el historiador?
R.- A los libros les veo mucho futuro. Creo que los que tienen que estar preocupados son los editores, porque les va a pasar lo mismo que a los de las discográficas y puede que a la vuelta de unos años cada autor tenga su página web y cobre un par de euros por descarga y punto pelota. El truco para que no se pasen las copias sería que cada libro esté dedicado personalmente a su comprador y que el precio sea razonable. Y es que la solución de todas las cosas en esta vida pasa siempre por lo razonable y está supeditado al progreso.
Muchas gracias, ha sido un auténtico placer leer El secreto de Nicea.
Gracias a ti, a mandar.

Rosa Campos Gómez nació en Calasparra, pueblo donde se cimentaron sus dos vocaciones: la pintura y la escritura. Vive en Cieza, ciudad en la que desde hace dos extensas décadas le va ofreciendo los mejores materiales para dar forma a estos oficios vocacionales.
Ha publicado el libro de cuentos Tres historias, 2000; trabajos periodísticos de ámbito regional y local y en revistas culturales. También ha publicado trabajos de investigación en arte en varias revistas y catálogos.
Francisco Javier Illán Vivas la entrevista por De luz y de sombra.
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Pregunta.- Usted nació en Calasparra, lugar donde ha manifestado que se cimentaron sus dos vocaciones, la pintura y la escritura; y desde hace más de veinte años vive en Cieza, un lugar idóneo para desarrollarlas.
Respuesta.- Soy de Calasparra, pueblo en el que nací y viví hasta los veintiún años. La hermosa geografía del entorno, los colores del paisaje rural y urbano, así como las ricas tonalidades humanas de su gente me marcaron, me indujeron a la comunicación y empecé a adquirir la costumbre de hacerlo desde el lenguaje escrito y plástico.
En el ambiente familiar era habitual la literatura oral y esta transmisión de acontecimientos lejanos, de leyendas y poesías populares, de canciones, fue fundamental; a través de ella me hice una voraz “lectora auditiva”. Más tarde, la escuela y las buenas maestras que tuve me enseñaron de manera importante, e, indirectamente, a través de sus valoraciones sobre mis trabajos escritos y de dibujo, me indujeron a pensar que lo que hacía podía tener algún valor. Posteriormente se fueron sumando circunstancias adecuadas. Desde los catorce a los veinte años escribí bastante y leí bastante más.
Con tal bagaje vocacional me vine a vivir a Cieza, donde era accesible recibir mucho de lo que necesitaba para desarrollar estas aficiones. Aquí mi trabajo en la pintura ganó terreno, con él llegó el oficio, pero no tardó mucho la escritura en volver a ocupar su espacio, ahora creo que los mantengo en equilibrio.
Me considero una persona con suerte por vivir en dos pueblos murcianos excepcionales. Aquí, la calidad humana de las personas que he conocido, la inquietud cultural en muchos campos y su belleza geográfica hacen de Cieza una gran ciudad. Siento que también es mi pueblo.
P.- Nada más iniciar su libro, De luz y de sombra, nos manifiesta: “cuando escribo, pinto. Cuando pinto, escribo”. Esas palabras me recuerdan las de Horacio: ut pictura pöesis, es decir, un poema es como un cuadro.
R.-Poner en palabras un sentimiento, poner en imágenes lo que se siente. Comunicar en lenguajes que requieren del pensamiento, de la imaginación y de la intuición, es decir de la conexión de mundos interiores entre emisor y receptor. Sí, en este aspecto se puede decir que un poema es como un cuadro.
Pero, volvamos a la cita de Horacio que tuvo un interesante recorrido. Él quería que los poetas crearan como los pintores, que la literatura fuese como una pintura con palabras. La Academia francesa, en el siglo XVIII, entendió esta frase en sentido contrario creyendo que era la pintura la que debía buscar la equiparación con la poesía porque en ésta se daba la expresión clara, la razón que contenía las pasiones. El pensamiento francés era muy importante en toda Europa por lo que fue muy fácil que esta idea se propagara. La poesía, considerada más racional, era la que aportaba el modelo a seguir por la pintura. Sería con Lessing, poeta y pensador de la Ilustración alemana, con quien esto daría un giro importante para las Bellas Artes, viene a decir que la pintura y la poesía pertenecen a dos ámbitos diferenciados y autónomos. Hace una división en dos bloques: Las artes del tiempo y lo invisible (poesía, música y danza) y Las artes del espacio y lo visible ( arquitectura, escultura y pintura).
Son diferentes en procedimientos y en manifestación, eso está claro, no obstante reitero lo dicho, son dos lenguajes que manan de una misma fuente y van en busca de un mismo destino, la comunicación.
P.- Este libro fue editado en mayo de 2005, y formó parte de un Proyecto Siembra. Háblenos de él.
R.- La siembra es algo que requiere de la mano humana y de la naturaleza, es fácil tomarla como alegoría para muchas cosas y en especial para la cultura. Guardo recuerdos de la siembra del arroz, así como de su repostura; de estas dos primeras fases del cultivo del cereal se puede extraer este significado: al igual que se siembra un tallo de almajara en el lugar que la semilla quedó sin germinar la primera vez en la tabla de tierra, se puede seguir el mismo proceso en muchos aspectos de la vida (siempre hay nuevos tiempos, nada está perdido). Creo que la cultura, el conocimiento, son eso, una plantación con renovadas oportunidades de crecer en humanidad. La escritura y la pintura son los terrenos donde puedo sembrar para dar lo mejor de mí, para compartir desde mi parcela. A través de este enfoque, Siembra se convierte en un proyecto que busca el encuentro cultural con el otro, procurando que haya hondura y sencillez en mis palabras escritas. En la pintura busco la comunicación a través de la mirada. Además hay otra parte anexa que es la colaboración con asociaciones que trabajan por la dignidad de los más desfavorecidos; esta colaboración no tiene mayor importancia, está en la línea que mantienen muchas personas anónimas o conocidas y que se basa en contribuir con una parte de su economía a apoyar a entidades que se mueven por la justicia de quienes sufren la injusticia que entre todos generamos o permitimos. En este proyecto va también implícito un componente que considero esencial como es la conciencia ecológica.
P.- Anteriormente, usted había publicado Tres historias, un libro de literatura infantil, que ya mostraba su solidaridad con ONG´s, en este caso, fue con la Asociación Amigos del Pueblo Saharaui.
R.- La economía de esta asociación a la que pertenezco, en Cieza, estaba sin fondos por esa época y era necesario realizar algunas acciones para ayudar a este pueblo. Por mi parte decidí colaborar con Tres historias. Este libro reúne tres cuentos, uno de ellos fue escrito y representado para y por los alumnos del colegio al que iban mis hijos, y salió bastante bien, lo cual me dio el respaldo necesario para publicarlo. Los comentarios posteriores tanto de niños como de mayores acerca del contenido de los cuentos generaron en mí la suficiente confianza para seguir editando, así, años más tarde saldría De luz y de sombra. He de decir que si bien me habían publicado bastantes trabajos (el primero, en 1979, fue un poema en La verdad, en un apartado titulado “Jóvenes poetas”), esto de sacar a la luz un libro, por pequeño que fuera, era diferente. Supuso correr un riesgo al que ahora estoy muy agradecida.
P.- Volvamos a su libro. Treinta y tres poemas, muchos de ellos muy personales, y un relato final, dedicado a su tierra natal.
R.- Reúne poemas pertenecientes a distintas etapas de mi vida que contienen de alguna manera los conceptos de luz y de sombra, esta última entendida como la que se genera de forma natural en las cosas. Son la destilación unas veces de experiencias, otras de situaciones imaginadas, también de cuestiones sociales que me inquietan.
Se destaca la luz de un objeto por la sombra que ese objeto proyecta en sí mismo y en el espacio donde se ubica; si sólo contáramos con uno de los dos aspectos nos cegaríamos o nos sumiríamos en la oscuridad, con lo que una visión clara de él no sería posible. Sucede en los asuntos del ánimo igual que en las cosas materiales, son aspectos inseparables que nos hacen pisar tierra unas veces para mejorar, otras para reírnos y siempre para valorar la luz, que es el foco central que nos atrae y que permite identificar con más nitidez. Esto también lo podemos observar en la pintura occidental donde la sombra, con sus distintas formas de aplicarla, juega un papel imprescindible para alcanzar ese volumen que nos indica la tercera dimensión de una figura.
Soluna, el relato sobre Calasparra, es como un boceto en palabras y creo, al menos era mi intención cuando surgió, que tiene la espontaneidad que confiere esta faceta del dibujo. El hecho de vivir fuera del pueblo en el que nací y me crié hace que viva con más intensidad la memoria de aquellos años. Reúne algunos recuerdos a primera vista. No es la primera vez que escribo sobre ello, lo hice en varias ocasiones en las colaboraciones que realicé entre los años 1998-2000 en SER-Cieza. Algún día entraré en ellos más extensamente ya que todavía quedan temas sobre los que deseo escribir.
P.- Incluye un extenso poema, que usted titula “Poemas de la mujer alada”, que tengo entendido escribió pensando en la mujer actual.
R.- Así es, en él hablo de un tipo de mujer actual que está creciendo en número. Es la que ha escogido tener alas para volar al espacio que cree mejor para ella en todos los aspectos de la vida que estima como convenientes. Son las mujeres que tropiezan con las dificultades de unos roles sociales impuestos y de una manera de reaccionar prefijada y que, no obstante, han andado los pasos necesarios para seguir ejercitando la actividad de esas alas que han pretendido invalidarles de una u otra manera. No ven al hombre como enemigo, sino como compañero en la tarea de buscar las vías adecuadas de convivencia.
Poemas de la mujer alada es una historia que tiene una estructura singular, dividida en capítulos, como una novela con ritmo poético muy corta, pero que deja espacio a partir del primer verso de cada uno de ellos, para que los lectores, si les apetece, introduzcan su creación particular.
Las mujeres aman la vida, tienen una alta capacidad para comprender y por eso saben perdonar, también levantar la voz cuando hay que hacerlo. Eligen sentir sus emociones, no las asignadas, aunque para ello tengan que restaurar cada vez que sea preciso sus útiles para volar, para seguir su camino.
P.- La portada del libro es de María Antonia Zamorano, al igual que las ilustraciones interiores. Tengo que confesarle que me parecen muy apropiadas al mensaje de cada poema. ¿Cómo llegan a conectar poeta e ilustradora para conseguir ese maridaje?
R.- María Antonia Zamorano es una pintora y escultora ciezana que vive en Madrid, nos conocemos desde hace muchos años. Hemos dialogado sobre cuestiones de interés común y compartimos en muchos aspectos una visión semejante, esto allanó el camino, pero lo importante es que cuando leyó el contenido de De luz y de sombra pasó a ser una lectora que hizo suyo lo que tenía delante. Se puede decir que los dibujos son una interpretación personal del texto que ha sabido expresar muy bien.
P.- Háblenos de su proceso creativo. ¿Cuándo escribe? ¿Qué tiempo dedica a escribir cada día? ¿Dónde lo hace?
R.- Escribo cuando puedo, que no es siempre que quiero. Escribo en el “papel” de la mente (esto sí es a diario y bastante a menudo) más que en el papel material (hay días que se ve el trabajo y otros que está ausente).
Suelo hacerlo en una mesa camilla con bolígrafo y folio, aunque ahora también uso el ordenador y me está siendo fácil acostumbrarse a él.
P.- Para el último trimestre del año esperamos un nuevo libro suyo, donde regresa a la literatura juvenil. ¿Cómo se titulará y qué puede contarnos de él?
R.- Llevará por título Las estrellas concéntricas e irá ilustrado con unos dibujos que he realizado para el tema. Espero que dentro de poco esté en la calle y que podamos comentar más extensamente sobre su contenido. Me gustaría que su lectura llegara a niños y jóvenes de todas las edades. Lo cierto es que he disfrutado haciéndolo y hay ilusión puesta en él.
P.- Literatura juvenil, cuento, poesía, ¿dónde se encuentra más a gusto Rosa Campos Gómez?
R.-Escribir para niños y adolescentes es introducirme de nuevo en aquellos años y actualizarlos, e incluir algo que he aprendido con el tiempo y que puede servir; es cultivar un terreno fresco y agradable por el que me gusta andar. En el cuento hay que seguir un tiempo más medido, te impulsa a combinar varias claves para conseguir un relato que en poco espacio confiera interés; es un terreno que estimula. En la poesía tengo tendencia a abstraerme, su tierra es la que ella quiere y yo me siento bien aquí, dejándome guiar.
P.: Las próximas dos preguntas suelo formulárselas a todos mis entrevistados. Haruki Murakami dijo una vez que escribir novela es un reto, escribir cuentos un placer, que es la diferencia entre plantar un bosque o plantar un jardín. ¿Qué es entonces escribir poesía?
R.- Es dar salida a un mundo emotivo plagado de símbolos que va más allá de lo que podemos expresar ordinariamente. Por seguir con el símil vegetal, creo que es como poseer la capacidad de asombro al mirar la fruta y las flores, saber y sentir que ahí está lo producido, que envuelve el ánimo sin indagar previamente en el porqué del proceso. Y esto es tan válido para quien la escribe como para quien la lee.

P. En el mundo de las prisas, del Blu-Ray, del iPhone, del cambio climático, de un mundo amenazado por una gripe sobre la cual las autoridades sanitarias anuncian miles de muertes sin apenas ruborizarse... ¿qué sentido tiene la poesía?
R.- La poesía es sentimiento a través de la palabra, induce a sentir en el ahora de su lectura. Creo que es un poderoso antídoto contra la adversidad. Su lenguaje es tan hondo que es capaz de penetrar en el interior del ser humano para unir ese algo que hay dentro de cada uno de nosotros que es noble y común.
Luis García Montero en la conferencia que dio hace dos años en el Museo Siyâsa de Cieza habló de la necesidad de esta literatura para remover las conciencias. Lo comparto.
La vida de Marcos Ana (al que escuché en la presentación de sus memorias en el Club Atalaya de Cieza) puede ser un buen referente del sentido que tiene escribir poesía, es un poeta que estuvo casi veintitrés años preso en las cárceles franquistas, allí leyó a otros poetas (creció con ellos), organizó tertulias literarias (extendió este crecimiento) y escribió poesía (por y con todas estas circunstancias se hizo poeta). Sus versos fueron difundidos y editados por otros.
Este hombre que perdió a sus padres de brutal manera, así como sus mejores años (lo encarcelaron cuando contaba diecinueve), en sus memorias tituladas Decidme cómo es un árbol, habla sobre la necesidad de no guardar rencor, de crear un mundo solidario donde todo ser humano viva con dignidad. Es la visión conciliadora de un poeta.
Es importante reseñar todo lo que la actitud de este hombre ha generado: desde La Universidad de Granada se ha lanzado su propuesta de candidatura para el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia 2009, el pleno del Ayuntamiento de Granada (PP, PSOE e IU) ha dado su apoyo, a ellos se están sumando un gran número de instituciones y de personas que de manera individual votan a través de la red en la página habilitada para recoger firmas. La lectura que se puede hacer de todo esto es que la poesía está viva y que incluso es capaz de buscar encuentro político, campo, por otro lado, en el que estamos acostumbrados a ver mucho desencuentro.
La poesía emana de lo que está vivo, es sustancia, y por lo tanto es capaz de convivir y de sobrevivir ante lo que le echen.
P. Escribía Eduardo García que un solo verso feliz puede permanecer durante siglos, mientras toneladas de poemas fallidos se pierden para siempre. ¿No desanima esa realidad al poeta?
R.- Creo que se escribe lo que se necesita o lo que se intuye como válido en un momento determinado, el pensamiento de una vida larga no cabe en ese presente. Más tarde los mismos autores pueden y deben hacer criba, pero el acierto literario lo indicará el tiempo, es decir, el calado en la sensibilidad de los futuros receptores. Está bien que el tiempo, con sus lectores, trabaje, y es justo dejar que así sea.
P.: Y como esta sección se llama Hablando de Libros, el futuro de los mismos, ¿cómo lo ve la pintora?
R.- Un libro es un objeto que encierra mundos visibles para la imaginación, con solo ver su cuerpo ya presagiamos lo que nos puede deparar. Tiene la cualidad de acompañarnos en espacios que no necesiten de energía eléctrica y de ser leídos en la postura que nos sea más cómoda. Es generador de estética además de ética. Tiene vida futura, así lo creo.
La tecnología, por otra parte, nos depara excelentes propuestas que pueden convivir perfectamente con el libro en formato tradicional.
Ha sido un placer charlar con usted.
Un placer compartido. Gracias.
Fulgencio Martínez (Murcia, 1960) es docente y escritor. Licenciado en filosofía y letras por la Universidad Autónoma de Madrid (UAM). Es autor de los libros de poesía: "Trisagio", "La docta ignorancia", "La baraja de Andrés Acedo" y "Nueve para Alfeo". Fue incluido en la "Antología de Poesía Nueva", seleccionada por Luis Rosales y Hugo Gutiérrez (Vega, 1981). En "Cosas que quedaron a la sombra"( 2006), recogió, a modo de antología ficticia, los libros de poesía no publicados con anterioridad a "León busca gacela. Poemas de séptimo alba (2002-2008)" (Renacimiento, 2009).
Fundó y dirige la revista literaria Ágora y la asociación cultural Taller de Arte Gramático.
Una entrevista de Francisco Javier Illán Vivas.
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Pregunta.- Fulgencio Martínez, Séptimo Alba, Alfeo, Andrés Acedo… Dígame, ¿con quien estoy hablando en este momento?
Respuesta.- Todos esos tipos son lo que yo llamo ortónimos míos, es decir, perspectivas, rostros de un ser innominado que desconozco. Mi verdadero centro existencial, al cual trato de llegar con la poesía, se expresa a través de ellos, por la secreta voz de un ontónimo que aún no sé cómo se llama, ni quién es. En la vida civil, en la cual transcurre esta entrevista, adopto el nombre de Fulgencio Martínez, quien te habla ahora.
P.- ¿Cómo se ponen de acuerdo usted y sus heterónimos para escoger los poemas que deben formar un libro?
R.- Quiero aclarar algo que he tenido claro desde el principio de mi escritura: aunque, por comodidad, desde Pessoa los críticos llaman heterónimos a todo tipo de despersonalizaciones y desdoblamientos del yo poético, ha habido otros casos que para mí son más magistrales, como los complementarios de Antonio Machado, mi maestro. En mi caso, no son heterónimos, sino ortónimos: no, porque, como he dicho, son perspectivas de un único caso existencial, no tienen una biografía ni una experiencia propia (a diferencia de los heterónimos de Pessoa); por tanto, responden más a los complementarios machadianos, creados en torno a la reflexión sobre la esencial heterogeneidad del ser y la necesidad de comunicación.Contestando ahora a tu pregunta: a la hora de recoger la poesía de esas voces diferentes, intento que haya en la obra una polifonía bajo la base de un contraste de tonos y un hilo de desarrollo dinámico. A veces, como en “Cosas que quedaron en la sombra”, de un mismo motivo dan versiones distintas dos voces (Alfeo y Alba); también, dentro de la misma voz, hay una evolución psicológica, de tono y temática (caso de Acedo, por ejemplo, desde la amargura cínica a la ironía más templada). De todos modos, las voces no son “puras”, están mutuamente contaminadas; como ocurre en la vida misma. Acedo es la fuente, aunque, como en un poemario inédito que tengo (“Hospital, gozo y laurel”), Séptimo Alba le dispute esa prioridad, y este autor llegue, incluso, de forma casi despectiva, a llamar “heterónimos” a los otros. Así, en el poema “Dedicatoria”:
No he escrito tu nombre
en la dedicatoria de estos poemas
pues, de hacerlo, parecería
que todos mis heterónimos
son tus enamorados,
y estaría celoso.
Dedica este libro Séptimo Alba
a una horquilla del pelo
de su musa anónima.
Como comprenderás, a veces, tengo que restringir un poemario a un solo “autor”. Así en mi último libro: León busca gacela.
P.- Cosas que quedaron en la sombra, en 2006, fue una antología ficticia; León busca gacela, 2009, una antología real. Esto que he leído en la contraportada de su último poemario me lo debe explicar.R.- Llamé a “Cosas” antología ficticia, sí. Antología ficticia, porque el libro es lo más parecido a una selección de poemas... de libros que no han sido publicados... y que tampoco existen ni han sido escritos como tales libros, o no hay constancia de ello... y de autores que tampoco son reales. En un tour de force, intenté hacer de toda esa ficción una libro unitario y plural y sobre todo, verdadero. Es mi mejor libro, hasta ahora.
En cuanto a “León busca...” no es una antología en absoluto. Es, en todo caso, una dilogía: presenta dos caras del mismo autor, Alba: en una rebelde e intimista, y en otra, desilusionado y, paradójicamente, abierto, incluso poeta cívico-social. La ironía no puede ser más hiriente.
P.- Séptimo Alba desea que su obra esté comprometida con el futuro de la humanidad y del planeta, esta casa que vamos destruyendo sin remedio cada día.
R.- Esta reflexión de Alba apareció ya en el libro “Cosas”, en la sección, en prosa poética, “Presente perfecto”. Luego, la recojo en la poética de Séptimo Alba, que cierra el libro al que venimos refiriéndonos. Me importa aclarar una cosa: las condiciones del mundo actual, a finales de la primera década de siglo XXI, no son las mismas que las que había en torno a la época de la poesía social de los 50 y 60. Más que esos poetas me interesa, incluso, la poesía cívica del siglo XIX, a pesar de distanciarme, de un Quintana, por ejemplo, el concepto lírico. Hoy, pues, la poesía preocupada, comprometida con la justicia y con el futuro, no parte de las mismas premisas y presupuestos, ni ideológicos ni estéticos, de todo lo que hasta hoy se ha llamado poesía cívica o social. ¿Cuáles son esos presupuestos? Diré sólo algunos, decisivos: no hay una verdad, en que la crítica se apoye; ni siquiera una utopía: hay sólo un anhelo, si quieres llamarlo platónico, de justicia, no para un país (nada de poesía patriótica) ni para una clase social (nada de poesía de partido), y no sólo para los seres humanos actuales, sino para los venideros y para la vida del planeta, víctimas éste de la codicia y el nihilismo de la economía de presa global.
P.- Estos versos: Vienen en cayucos, en galeones, en pateras, en balsas/ como en la America´s Cup de los pobres/…. O estos otros: ya no hay islas desiertas/ sino un litoral y un bosque/ urbanizado, ruidoso; ladrillo/ y campos de tiro y campos de golf, son versos de quien, además de afirmarlo, se compromete.
R.- El compromiso es ético y estético, en mi caso. Esto último no es lo menos difícil.

P.- En el mundo de las prisas, del calentamiento global, de una pandemia que anuncia miles de muertos como lo más natural del mundo, ¿es el compromiso el sentido de la poesía?
R.- Hoy la poesía (al menos, la poesía española, que es la que conozco) está en un laberinto, un laberinto de burbujas de jabón. Mira, ¿tú conoces a algún poeta que lea a César Vallejo? Te dirán: qué premio ha ganado ése; y si, acaso, reviviese y ganase un premio importante, entonces, bueno, se leería su nombre. Quiero decir que vivimos una época de silencio. A pesar de que, casi tanto como hacen los del mundillo del teatro, los poetas se premian entre sí, todos los días de cobro. Nadie lee en serio a nadie. Nadie critica a nadie, en serio. Nadie dice: esto es una mierda, aunque huela bien. En fin, que a ningún poeta hoy le preocupa la suerte de que lo expulsen de la República. Están, pseudocantores, bien avenidos en su papel de comparseros. Un síntoma: profusión de poemas dedicados, por unos poetas a otros... hasta la náusea... dedicación a modo de guiño o pasaporte con que reconocerse y subir en la capillita.
El compromiso ha de ser, primero, con la autenticidad.
P.- Camino de retorno a la melancolía,/ escribimos la oda de una victoria/ moral, fácil contento para el poeta,/ dura piedra de angustia para el hombre. Dígame, ante el cambio climático, ¿existe la victoria moral?
R.- La poesía, en el mejor de los casos, sólo es una victoria moral. Por desgracia. Pero no es baladí ese logro: el logro de la lucidez, de la autenticidad, el no dejarnos adormecer por las mentiras que se pasan por verdades, el no contentarnos con las etiquetas, que se saldan como esencias; y en fin, el que no nos duerman con cuentos, como dijo León Felipe. Ahora bien, el poeta siente, más íntimo, la inconformidad, la angustia de estar dando pasos en círculo y de perderse en un tiempo sin plenitud.
P.- Francisco Javier Díez de Revenga dijo, respecto a su poesía, que usted fustiga y satiriza el presente.
R.- Es cierto, pero junto a la sátira hay también denuncia. No amo la poesía meramente satírica, que no compromete, y que se hace sólo desde una pretendida superioridad moral.
P.- Pero antes de alcanzar esa fase, la primera parte de León busca gacela, está cargada de nostalgia.
R.- Sí, es la nostalgia de la adolescencia, en que se es intolerante con lo basto y feo del mundo, con los propios defectos y que, como Antígona, creemos que hay un derecho natural a la justicia y a la felicidad. Curiosamente, cuando se pasa al tiempo real, que llamo “Tiempo de intolerancia”, los papeles están cambiados: ahora el mundo es el intolerante, el que no acepta que seas sino como él quiere cambiarte, no tú mismo; en fin, un tiempo donde hay que negociar. Las “ilusiones” (palabra clave en mi poesía, que recoge ecos de Gil Albert y de Leopaldi), las ilusiones hay que inventarlas, y la nostalgia convertirla en bastón de zahorí, o en bastón de Max Estrella para aporrear conciencias. Importa seguir buscando la gacela: de la poesía, de la justicia, de la verdad de cada uno y la contraria.
P.- Dígame, ¿Cuáles son sus, o vuestras fuentes, vuestros maestros?
R.- ¿Qué es fuente? Todo lo que nos influye o incita a crear, o aquello de donde parte nuestro reconocimiento como creadores....Me gustaría hablar de aquellas fuentes que son compañeros en la misma búsqueda y que así pueden entrar, sin hacer ruido, en diálogo con nosotros. En mi caso, como he dicho antes, Andrés Acedo es la fuente. Es mi “hortónimo” con h. Mi huerto o jardín más íntimo. Maestro de mí, amaestrador de esta (o aquella) fiera. Y citaré, luego, a otros ilustres ilusos que se sueñan maestros de este ignorante: Venancio Iglesias, Francisco de Quevedo, Pedro Salinas, Antonio Machado, T.S.Eliot, Luis Cernuda, y por encima de todos ellos, la Vox Populi.
P.- ¿Qué ocupa ahora su tiempo creativo?
R.- En pulir una colección de relatos, que escribí hace ya años, y que quisiera publicar este curso.
P.- Fulgencio Martínez es, además de poeta, director de la revista de creación literaria Ágora, papeles de arte gramático, con quince números publicados y otros tantos años de vida.
R.- Ágora es casi un milagro. Es una revista independiente (de instituciones, grupos, editoriales, etc) y se mantiene económicamente por un filo de credulidad. Nació con el propósito de no ser pasto de una capillita, lo que lo llamo: no ser una revista de aprisco, de rebañito: de esas hechas por unos amiguetes para medrar entre y con otros amiguetes. No sólo ha estado, y está abierta a todas las voces de calidad, sino a todos los géneros literarios que encuentran en la poesía su entronque.
La revista hoy pasa por una etapa de ajustes y de redefinición de tareas, pues, aunque se mantiene su vocación de revista de papel, busca otros soportes para abrirse a una mayor difusión.
P.- Revista que desde hace dos años tiene su versión digital. ¿Qué representan las nuevas tecnologías en un campo como el de las revistas literarias?
R.- En principio, una difusión más abierta, incluso inmediato. Pero no deja de tener su lado “estúpido” o ciego el soporte digital. La poesía, que es un hecho de habla, y sólo después es pintura, tuvo que vérsela con el soporte libro y acomodarse a lo visual, sin perder su esencia de habla, de sonido. De alguna forma, acostumbró al ojo lector a pensar, a ser paciente, a valorar y admirar.
Pero ahora, con el medio digital, el ojo vago, rápido, otra vez campea por sus anchas. Y, sobre todo, el ojo espía, el ojo cotilla, el ojo H, el ojo envidioso, el pio-ojo.
En serio, ahora: estamos muy lejos aún de saber en qué parará todo esto de la “literatura digital”.
Se necesitará un tiempo largo de cultura, de selección y adaptación del nuevo lector digital, y esa selección sólo lo harán los contenidos, han de ser éstos -no los medios- los que tengan protagonismo. Por otra parte, como siempre ha sido en la cultura.
P.: Tengo especial interés en conocer su opinión a una pregunta que, últimamente, vengo formulando a mis entrevistados. Verá, el japonés Haruki Murakami dijo que escribir una novela es un reto, escribir cuentos un placer, que es la diferencia entre plantar un bosque o plantar un jardín. Entonces, ¿qué debe ser escribir poesía?
R.- Yo apenas entiendo el lenguaje florido, oriental. Me pasa lo mismo que con el haikú: lo veo como una superficie muy tersa, demasiado, que querrá decir algo, pero qué... no sé. El poeta ha de entrar en el jardín, en esa tersa superficie, y mancharlo, y hacerlo vivo, no sólo pintura, hacerlo viviente, de tres o más dimensiones. Poesía es plantar dudas. Desde un punto de vista que no sea gratuitamente magnitud, extensión creciente, o en todo caso decreciente, hasta llegar al cero, al punto: la poesía sería plantar un punto.
P.: Esta veterana sección de mi bitácora y de vegamediapress.com se llama Hablando de Libros, el futuro de los mismos, ¿cómo lo ve el profesor de literatura?
R.- La comunicación será siempre una búsqueda individual, y los libros, por tanto, serían siempre necesarios. Yo, como profesor, hasta he leído alguno. Tan importante, o más que los libros, es la memoria. Recuerdo el lugar, el momento, la hora y el color del aire que queda asociado con cada libro que leí en mis años de adolescencia y juventud.
Muchas gracias.