domingo, 28 de junio de 2009

Isabel María Abellán y el silencio perturbado



Isabel María Abellán, Cartagena, 1962, se presentó como escritora con la novela La línea del horizonte. Ha participado en las antologías El corazón delator y 13 para el 21. Ha publicado también El último invierno y otros relatos. Es colaboradora del periódico literario Irreverentes y colaboradora en Radio Murcia- Cadena SER.

El silencio perturbado ganó el III Premio Internacional Vivendia de Relato.

Una entrevista de Francisco Javier Illán Vivas

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Pregunta.- Según se puede leer en el acta del jurado que otorgó el premio Vivencia de Relato, su obra, “bajo la apariencia de un estilo suave y una sensibilidad femenina, se esconde un alegato duro contra la represión, las dictaduras y la imposición de leyes, costumbres y normas”. ¿Se siente definida usted en esas palabras?
Respuesta.- Sí, totalmente. Viví los últimos años del franquismo. Era demasiado pequeña para entender nada. En mi casa no se hablaba de política, a mi alrededor tampoco. Sin embargo con trece años me detuvieron, junto con otros amigos, por leer en público poesías de Antonio Machado. Aquel día tuve mucho miedo porque pensé que mi padre se enfadaría conmigo y me castigaría. No fue así, ni siquiera me riñó. Fue la primera vez que no me castigaron por hacer algo de las tantas cosas que había prohibidas. Pero durante toda mi infancia, hasta que salí del colegio de religiosas en el que estudié, siempre estuve castigada, por casi todo, por preguntar cosas que no se debían preguntar, como por ejemplo: “por qué si Dios es amor permite el sufrimiento”. Por llegar un minuto o dos tarde a clase. Eso suponía quedarme una hora, o dos, o tres, sola en la clase, cuando todas las niñas salían a las cinco de la tarde. (A veces a la hermana se le olvidaba que me había castigado y se hacía la hora de la cena). Verdaderamente me castigaban casi todos los días por que no iba a misa de 8 por las mañanas. Mi padre decía que era muy temprano y no me dejaba. Yo sí quería ir, pero sólo quería hacerlo para librarme del castigo. Tengo un recuerdo atroz de aquellos últimos años de la dictadura. El silencio a mí alrededor sobre casi todo, los castigos incesantes en el colegio. Después, me convertí en profesora de historia y descubrí que todas las dictaduras son igual de terribles.


P.- Los veintiocho relatos contenidos en El silencio perturbado se mueven entre lo real y lo imaginario, pero también entre lo real y lo deseado. ¿Qué desea la autora que no encuentra en la realidad?
R.- Quisiera no haber perdido a las personas que me hicieron feliz. Tuve una mala infancia, pero mis abuelos eran para mí una isla de paz y alegría. La pena es que sólo los veía cuando iba a Cartagena, no siempre con la frecuencia que yo hubiera deseado.


P.- Durante la lectura de su libro, hubo momentos en los que pensé que los relatos estaban encadenados. Así lo destaqué en el comentario que escribí para Acantilados de papel: La iglesia, La aparecida, El ladrón de naranjas… en cada uno de ellos cita algo que después aparece en el relato siguiente.
R.- No soy consciente de eso. Una amiga me dijo que el silencio era una palabra que se repetía en muchos de mis relatos. El silencio es muy importante para mí. Pero no soy consciente de que exista un hilo conductor entre los relatos. Los escribí a lo largo de dos años, en momentos distintos, con motivaciones diferentes.


P.- El lector encontrará silencios, pasado, deseos inquebrantables, rodeados de la bruma de lo irreal y el misterio, pero con personajes muy reales, ¿podría decir que muy conocidos por usted?
R.- Depende. Sólo hay personajes reales en unos pocos relatos, en “El tiempo errante”, en “Barcelona 1978”. En el relato más difícil de todos para mí, “La fila derecha, la fila izquierda”, en “Nuestro secreto” y en el último, en “Los días apacibles”. Todos los demás están inventados. Otra cosa es que exprese en ellos cosas que yo deseo.


P.- ¿Vivió usted en Cartagena? Se lo pregunto por que el mar aparece tantas veces en sus relatos.
R.- No he vivido nunca en Cartagena. Tenía 18 meses cuando trasladaron a mi padre. Pero es verdad, no puedo vivir sin el mar. Siempre hemos veraneado junto a él. Era lo mejor después de un año encerrada en el colegio. La sensación de liberación. Cada poco tiempo necesito ir a verlo.


P.- “…Habían conseguido detener la voracidad insaciable de los constructores…”, fragmento de Reencuentro por navidad, nada tiene que ver con el turrón del anuncio, pero sí con aquellos que vivimos en el levante español.
R.- He hablado mucho con mis amigos de este tema. La celeridad con la que todo cambia. En pocos años, el paisaje que amabas desaparece bajo el asfalto y el cemento. ¿Qué será de nosotros cuando hayamos perdido nuestro entorno natural? Para mí es el más valioso de todos los patrimonios. Creo que nuestra Región es aún hermosa, lo que no sé es hasta cuándo lo será.


P.- ¿Cuánto hay de Isabel María Abellán en esta obra? Y, en especial, en esa figura recurrente del profesor o profesora de colegio o escuela.
R.- Me gusta ser profesora. Un día me preguntaron mis alumnos dónde había aprendido a enseñar de la manera en que lo hago. Les dije la verdad. Cuando aprobé la oposición me juré a mí misma no repetir nunca lo que mis profesores hicieron conmigo. Hace pocos años les hablé a mis alumnos de Segundo de Bachillerato de la Institución Libre de Enseñanza. Una forma de entender la enseñanza completamente diferente, alejada del academicismo, abierta al debate y a la investigación, sobre todo a la libertad de expresión. Los alumnos pueden ser muy inteligentes si les das la oportunidad de demostrarlo. Me pidieron que no cambiara. Lucho por no defraudarles.


P.- Quiero hablar de un relato en particular, Los dos amigos, y lo hago por que, cuando leí el libro, anoté a pie de página: “deja la historia para que el lector adivine”. ¿Era esa su intención?
R.- No, no es un relato abierto. Entre abril y mayo me he recorrido un montón de centros de secundaria leyendo mis relatos. Recuerdo una profesora de literatura del Alfonso X El Sabio que me dijo en relación con ese relato: Me dejó helada ese final, sin embargo, sé que hay gente así de malvada. El lector no tiene que adivinar nada, la clave está en el penúltimo párrafo, cuando el padre extrae las cartas del cajón de su mesa de trabajo, las que había escondido durante todos aquellos años.


P.- Conforme avanzamos en el libro, la figura de la muerte tiene una presencia más destacada. Así ocurre en Un domingo en el fútbol, Barcelona 1978 y Nuestro secreto, por citar unos ejemplos.
R.- “Un domingo en el fútbol” es un relato que empecé a escribir varios días después de que una alumna muy querida se acercara al terminar la clase para decirme que sus padres se habían separado. Su dolor inspiró ese cuento. “Barcelona 1978” es el terror que me producen las dictaduras con sus desaparecidos. ¿Se puede vivir sin saber qué fue de tu hijo arrebatado una noche por los esbirros de un régimen dictatorial? “Nuestro secreto” es mi pequeño homenaje al gran hombre que fue el abuelo paterno de mi hijo. Siempre le agradeceré todo lo que quiso e hizo disfrutar a su nieto.


P.- “Le enseñó lo más difícil, a observar en silencio”, escribe usted. En este mundo de las prisas, de los ruidos, de las bataholas más bien, ¿es posible reencontrarse con el silencio?
R.- Yo no dejo de buscarlo. Lo necesito. Por eso voy a ser radical y voy a renunciar a muchas cosas. He perdido el silencio, los últimos años han sido muy intensos, pero ahora tengo que aprender a regresar a él, si no lo hago corro el peligro de desaparecer yo misma.


P.- He subrayado muchas frases de su libro. Esta, por ejemplo, “a veces la vida docente es tan intensa que llegaba a estresarle” quiero que me sirva de introducción para preguntarle por su proceso creativo. ¿Cuándo y donde escribe usted?
R.- Esta pregunta enlaza con la anterior. Hace diez años empecé a escribir de forma disciplinada. Es decir, todos los días durante varias horas. Lo hacía y lo hago en vacaciones. Más adelante vinieron las colaboraciones semanales en la SER y las mensuales en la revista literaria Irreverentes. Empecé a escribir tardes sueltas, los fines de semana. No sé, necesito recuperar la constancia y alejar la prisa. Por eso le hablaba en la pregunta anterior de la necesidad de recuperar el silencio, eso significa volver a la calma, a la escritura pausada. Significa volver a disfrutar con las cosas que hago.


P.- Se dio a conocer con una novela, pero desde entonces ha publicado relatos y cuentos. ¿Dónde se siente más cómoda Isabel María Abellán, en las distancias cortas o en las largas?
R.- Las distancias cortas vienen marcadas por la falta de tiempo. Me gusta hacer relato, me encanta. Pero también necesito el reto de una novela. Por eso le comentaba dos preguntas más arriba que voy a renunciar a muchas cosas. La vida no es demasiado larga, no puedo permitirme envejecer sin saber qué hubiera pasado si hubiera sido capaz de intentarlo. Ahora toca sumergirse en esa distancia infinita que es una novela. Si fracaso no pasa nada, por lo menos he sido valiente y me he lanzado al vacío.


P.- Colabora usted con un programa de la Cadena Ser en Murcia.
R.- Sí. Esta es una de esas experiencias que han hecho que mi vida de pronto sea muy intensa. Todo empezó cuando leí en el estudio de grabación un relato muy breve de mi libro anterior, “El último invierno”, se titula “Paseo por la huerta”. Es muy cortito, apenas media página del libro. En él expresaba la nostalgia por la huerta que desaparecía en torno a mí mientras paseaba en bicicleta. La ciudad avanza, decía en aquel relato. Grabé aquel programa y me fui a casa. Por la noche me telefonearon. Habían llamado varias personas a la SER diciendo que se habían sentido muy identificadas con lo que yo había leído. ¿Sería capaz de escribir cada semana un relato que conectara con los oyentes? Cerré los ojos y dije que sí.


P.- Además escribe también en el periódico literario Irreverentes, que edita la misma editorial con la que ha publicado El silencio perturbado.
R.- El periódico literario Irreverentes es un sueño romántico como lo es la editorial del mismo nombre con la que trabajo y como lo es Miguel Ángel de Rus. Un editor que todavía cree en lo imposible. Por eso nunca va dejar de ser pobre, me temo. Cree que la buena literatura se merece una oportunidad. Por eso creó este periódico, para que los grandes desconocidos que éramos los que empezábamos a publicar en su recién nacida editorial, nos diéramos a conocer en toda España. Nos comprometimos a colaborar con un relato al mes, a pagar la edición entre todos, porque la revista es gratuita para el lector, y además, cada uno, debía distribuirla en su Región.


P.- ¿Qué escribe ahora?
R.- Sólo relatos para la SER. Empecé, a la vuelta de vacaciones de Semana Santa, una serie de relatos sobre cuadros barrocos que me gustaban especialmente. El barroco es un periodo muy interesante en el arte porque es contestatario, nace del cansancio que produce crear respetando las normas establecidas. El academicismo del que antes hablaba al referirme a la enseñanza y que tanto reprime la creatividad.
Pero tengo dentro de la cabeza un proyecto que lucha por crecer. Ahora no puedo darle forma. Los meses de mayo y junio son muy intensos en la enseñanza. Pronto llegará el verano y con él la vuelta a mi otra disciplina, a la que quiere ser creativa.


P.- Antes de terminar me gustaría saber qué lee Isabel María Abellán.
R.- Mucha gente me pregunta que estoy leyendo. Le temo a esta pregunta. Desde hace dos años, durante el curso sólo leo libros en francés. Estoy en 5º en la Escuela de Idiomas y necesito sumergirme es esta lengua. He terminado hace poco un libro bellísimo de Eric-Emmanuel Schmitt, “Oscar et la dame Rose”. Después, con el alboroto mental de los exámenes de mis alumnos de 2º de Bachillerato, elegí lecturas más sencillas en francés, novelas policíacas, libros sobre la Historia de Francia que compro cuando visito el país vecino. La Historia sigue siendo mi punto débil. Pero ya estoy acabando el segundo libro sobre la Historia de Francia y voy a empezar a hacer algo que deseo con todas mis fuerzas, quiero leer a Guy de Maupassant en francés. Me traje de mi último viaje a Francia un montón de libros suyos, la semana próxima empezaré “L’inutile Beauté et autres nouvelles”. Con el seudónimo de Guy de Maupassant me presenté a este concurso de relatos Vivendia. Creo que es mi héroe literario.


P.: Y como esta sección se llama Hablando de Libros, el futuro de los mismos, ¿cómo lo ve una profesora?
R.- Quizá no tan negro como alguien que no es profesor. En los centros de enseñanza intentamos animar a nuestros alumnos a que lean. Quizá se trata de un microcosmos, he escuchado en las noticias que cuando los chavales dejan el instituto muchos dejan de leer, ya no tienen el estímulo o la obligación de hacerlo. Quizá es cierto. El futuro es sombrío para los libros. Pero no quiero ser ahora negativa, si hay algo de bueno en mi vida es mi trabajo. Ser profesora me enriquece mucho, ya sé que hay niños difíciles, pero de todos aprendo y a todos leo mis relatos y, hasta hoy, con todos disfruto.


Muchas gracias.
De nada. Ha sido agradable contestar a sus preguntas. Gracias a usted.

domingo, 21 de junio de 2009

Alberto López González y su Proyecto #194



Alberto López González (Segovia, 1974). Ingeniero de telecomunicaciones por la Universidad Politécnica de Madrid. He participado en la elaboración de documentación de carácter técnico, sin embargo Proyecto #194 ha sido su primera incursión en la novela larga de ficción. Aficionado a los juegos de ingenio y matemáticos, siempre le han apasionado los posibles retos que la ciencia y la sociedad puedan encontrarse en un futuro próximo. Actualmente está terminando su segunda novela “Voyager I: el último viaje” en la que se plantea qué ocurriría si el primer mensaje enviado por la humanidad al espacio a bordo de la sonda Voyager I encontrara un destinatario. Esta novela surge coincidiendo con el treinta aniversario del lanzamiento al espacio de dicha sonda.

Una entrevista de Francisco Javier Illán Vivas.
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Pregunta.- En su bibliografía usted nos cuenta que Proyecto #194 es su primera incursión en la novela larga de ficción. ¿Hubo antes otras novelas “cortas”?
Respuesta.- Bueno, yo no las calificaría de “novelas”, sino de experimentos de historias que nunca pasaban de las cinco páginas. Incluso durante mis años de adolescencia escribí algo de poesía. Sin embargo no fue hasta hace tres años, en las navidades del 2006, cuando me senté a escribir lo que ha sido mi primera novela. Todo surgió de la forma más extraña. Intentando ordenar la cantidad de papeles que tenía (y tengo), en el rincón de mi casa destinado a mí, cuando rescaté una historia de hacía más de 7 años. La releí y me gustó tanto que pensé que esta vez esa historia podría ser algo más que un “experimento”. Y empecé a escribir. Y la historia fue aflorando según escribía, y más ideas y personajes surgieron durante las dos semanas que tenía de vacaciones en aquellas navidades. Y sin darme cuenta tenía ya el germen de mi novela. Después fue un trabajo de muchos meses de ir robando tiempo al sueño para completar la historia que, casi un año después, estaba finalizada. La verdad, es que disfruté mucho escribiéndola. Para mí fue como leer una novela.


P.- Cuando comenté su novela en Acantilados de Papel cité a quienes consideraban adelantados a su tiempo, como Julio Verne o H.G. Wells, pero, por el contenido de esta novela, ¿no puede ser también considerado un adelantado Alberto López González?
R.- Yo no diría tanto, aunque uno de mis lectores me dijo que mi novela no era ciencia-ficción, sino la más pura realidad. Yo creo que casi todas las novelas de ciencia-ficción no dejan de ser más que especulaciones razonables de un futuro próximo, y en ese sentido la mayoría de las novelas muestran cosas que tarde o temprano llegarán a ser realidad. Sí que es cierto que en mi caso, muchas de los temas de los que trato están ya empezando a surgir en la sociedad actual, como el control de los menores o ancianos o las pulseras para violadores y acosadores… sin embargo en mi novela muy mucho más allá. En este sentido espero que no sea un visionario y nunca lleguemos a lo que muestro en ella.


P.- Su idea es la siguiente: cada vez el control de la población es mayor. Cada nuevo día los gobiernos amplían su conocimiento sobre los ciudadanos, y la identificación de las personas se ha convertido en algo prioritario. De ahí salta a la UPI. Hablemos de ellas.
R.- Como he dicho antes, la idea surge de algo que ya hoy en día estamos viviendo. Salvando las distancias, todos los animales domésticos tienen un chip que los identifica. En Inglaterra algunos padres quieren que sus hijos lleven unos relojes con GPS para estar siempre localizados… los ancianos con Alzheimer también poseen pulseras localizadoras, los acosadores llevan tobilleras para evitar que se acerquen a sus victimas, nuestros coches tienen sistemas antirrobo con localizador, nuestros DNIs son cada vez más sofisticados y nos identifican de forma segura… ¿Qué plantea mi novela? Una unión de todo esto y algo más en un único dispositivo; la UPI, Unidad Personal de Identificación. Un pequeño chip instalado bajo la piel, que nos identifica, nos localiza, nos permite comprar, acceder al trabajo e incluso controlar nuestras constantes vitales para avisar a los servicios de emergencia en caso de necesidad. ¿Es esto imposible? Yo creo que no. Es más, yo que acabo de ser padre me encantaría que algo así existiera para evitar casos como los de Madeleine. Hasta ahí todo perfecto, pero en mi novela hay algo más que la mayoría desconoce y que ofrece un control total y absoluto sobre la población. Y como decían en aquel concurso, hasta aquí puedo leer…


P.- ¿Es imprescindible en una novela de ciencia ficción que haya un enorme ordenador capaz de buscar- y encontrar- todo lo que pueda interesar a una corporación (GENESis, en este caso) en general y a su creador en particular?
R.- Para mi novela era imprescindible sin duda; ¿cómo controlar y gestionar la ingente cantidad de información generadas por las miles de millones de UPIs existentes de forma eficiente? Para este fin era imprescindible la exitencia de EMC2, el cerebro que lo gestiona todo. Sin embargo no se puede generalizar y no en todas las novelas del género existe esa figura, ni mucho menos, aunque sin duda es algo con lo que se ha especulado mucho. ¿Realmente en unos siglos existirá un gran sistema que lo gobierne todo (o casi todo) a nivel planetario? Pues no está claro. En este sentido las tendencias van cambiando, y si en los años noventa parecía ese era el camino a seguir (un gran sistema central con ordenadores “tontos” conectados a él), ahora parece que Internet nos lleva a un entorno totalmente descentralizado con muchos pequeños ordenadores que son capaces de trabajar conjuntamente, como ocurre en proyectos como los del SETI para la búsqueda de vida extraterrestre.


P.- Dígame una cosa, mientras escribía la novela, ¿creyó en algún momento que “el individuo se sentía más seguro si sabía que el sistema era capaz de llamar de forma automática a los servicios de emergencia en caso de detectar cualquier problema grave de salud”?
R.- ¿Quién no se sentiría seguro? Mucha gente, sobre todo gente mayor, muere en sus casas, sin que nadie se dé cuenta de ello hasta pasados varios días. Quizá muchos de ellos podrían haberse salvado si llevaran un sistema que monitorizase sus constantes vitales y avisará a los servicios de emergencia. De hecho ya hay prototipos para enfermos graves que están en sus domicilios. De nuevo aquí uso conceptos que empiezan a ser una realidad como la telemedicina.


P.- Durante la lectura de la novela he encontrado momentos narrativos donde se observa la mano de quien conoce bastante bien el mundo de la información.
R.- Sí, me temo que hay en la novela cierta deformación profesional, aunque espero que sea asequible para los profanos. Mi experiencia profesional y académica ha estado siempre ligada a las telecomunicaciones y a las nuevas tecnologías. De hecho he tenido la suerte de haber vivido los comienzos de Internet y de haber participado profesionalmente en ellos, cuando los modems más veloces iban a 19200 bps. En cualquier caso, la novela no es en absoluto de difícil lectura, y si bien se basa en especulaciones técnicas más o menos plausibles, está escrita de forma sencilla y no se precisan de conocimientos de informática para leerla sin problemas.


P.- ¿Qué son las CCA?
R.- Esta es una muy buena pregunta y una de las claves de la novela. Es lo que convierte a mi libro en una novela de ciencia-ficción en vez de una descripción de lo que ocurrirá en cincuenta años.
Las siglas corresponden a “Células Cognitivas Autónomas”. Permíteme que no cuente mucho sobre ellas para no desvelar una de las partes principales de la trama. Sólo decir que son unas agrupaciones celulares desconocidas presentes en todos los individuos menos en unos pocos, que poseen una anomalía genética que impiden que dichas células se asiente. Ellas son las responsables de que las UPIs permitan un control mayor de lo que la población cree.
No puedo decir mucho más, porque además ellas son las protagonistas de la continuación de la novela que ya está en marcha, ya que hay muchas preguntas sin respuestas en la primera novela.
¿De dónde surgen estas CCA? ¿Para qué sirven realmente? ¿Quién las ha creado? Para tener respuesta a todas estas preguntas habrá que esperar a las siguientes novelas de la saga.


P.- Y, por supuesto, el gran descubrimiento, ¿qué es la anomalía de Leeman-Jacobsen?
R.- Es lo que permite librarse del control total. Cómo ya he indicado las CCA permiten un control total de la información de los individuos, menos de aquellos que poseen dicha anomalía. Como no podía ser de otra manera nuestro protagonista posee dicha anomalía y por eso será perseguido.


P.- No voy a desvelar el final de la novela, pero, ¿no se presenta apocalíptico cuando EMC2 decide que no volvería a dejarse programar por ningún ser humano?
R.- Creo que es inevitable un resultado así. Si algún día somos capaces de crear un ordenador, robot, o ser artificial con inteligencia y sobre todo con conciencia de sí mismo, el resultado será ineludiblemente ese. ¿O acaso a nosotros nos gustaría que alguien nos dijese todo el rato qué hacer o qué no? Me temo que es un final inevitable.


P.- Ya que hablamos de nuevas tecnologías. Su novela responde a los
nuevos campos que se abren para el mundo editorial. ¿Dónde puede encontrarse su novela?
R.- Actualmente mi novela sólo puede adquirirse por Internet, bien en formato electrónico o bien en formato tradicional en papel gracias a la autoedición, en bubok.es. En cualquier caso estoy intentando ampliar la disponibilidad del libro incluyendo tiendas tradicionales, pero los pasos son lentos. De todas formas en mi página,
http://www.historiasdehojalata.com podréis acceder a toda la información de última hora.


P. Una pregunta más general. En su novela nos presenta un mundo ideal, no sé si la centra en este momento histórico o en el futuro más o menos cercano. Pero, dígame, ¿qué ha ocurrido con el cambio climático, con el deshielo de los casquetes polares, con la desaparición de los grandes glaciales, con la contaminación atmosférica...?
R.- Digamos que yo soy optimista, aunque día a día empiezo a replantearme mi postura.
La verdad es que creo que aún estamos a tiempo para parar y revertir la situación. Si no lo somos, sin duda el escenario será muy distinto, y pasaremos de una sociedad del bienestar a una sociedad de supervivencia. Pero eso creo que sería una muy buena idea para otra novela…


P.: Terminaré preguntándole cómo ve el ingeniero de telecomunicaciones el futuro de los libros.
R.- Sinceramente creo que el futuro de los libros se puede asemejar a lo que pasó hace un siglo con los caballos. Antes de la llegada del automóvil la gente se movía a caballo, bien de forma individual o bien en carro tirado por caballos. Con la llegada del automóvil y sus claras ventajas frente al caballo, éste fue desapareciendo de nuestras calles, pero no de nuestras vidas. Hay mucha gente que tiene caballos, que aprende a montar a caballo… hay campeonatos de monta, de doma etc… incluso tenemos policía a caballo. ¿Por qué razón? Creo que por motivos que van más allá de lo práctico, por motivos sentimentales o de placer. Mucha gente disfruta paseando a caballo por el campo aunque iría más rápido y más lejos en coche o en moto.
Bueno, pues creo que con los libros va a pasar algo parecido. Sin duda un libro electrónico posee innumerables ventajas frente al libro tradicional, sin embargo el libro tradicional tiene algo de placer, de disfrute, con su olor y textura que hará que permanezca siempre entre nosotros.
Mi previsión es que los formatos físicos están abocados a convertirse en un mercado de nicho, pero no sólo en los libros, sino en la música o en el video. Los libros en veinte años se venderán como ahora se venden los vinilos, para aficionados, fans y coleccionistas. Y ojo que digo veinte años y creo que estoy siendo muy conservador.


Ha sido un placer charlar con usted de ese sombrío futuro que nos presenta en Proyecto #194. Muchas gracias.
El placer ha sido mío. Es mi primera entrevista y espero que no sea la última. Muchas gracias a ti por el magnífico trabajo que realizas para la divulgación de los autores noveles.

domingo, 14 de junio de 2009

Pascual García charla con Luis Alberto de Cuenca

Nacido y criado en el barrio de Salamanca, educado en los mejores colegios de Madrid, licenciado y doctor en Filología Clásica por la Universidad Autónoma con sendos premios extraordinarios y, sobre todo, lector infatigable, Luis Alberto de Cuenca ha sido Director de la Biblioteca Nacional y del Instituto de Filología del CSIC, Secretario de Estado de Cultura y ha recibido el Premio de la Crítica en 1986 por su libro de poemas “La caja de plata” y el Premio Nacional de Traducción en 1989, pero es, además, uno de los más destacados poetas españoles del momento, sin que ninguna de estas facetas anteriores ande desgajada del resto, sino más bien, al contrario, todo en este hombre converge hacia la luz de la palabra y de su magia, como si las muchas lecturas de los clásicos, la reflexión acerca del hombre y de su destino, la vida misma, tomada a manos llenas hayan enriquecido con una multitud de factores todos y cada uno de sus libros: Los reyes se enamoran de sus hijas más jóvenes./ Lo deciden un día, mientras los cortesanos/ discuten sobre el rito de alguna ceremonia/ que se olvidó y que debe regresar del olvido. Refinado, culto y elegante, ha convertido su expresión poética en una suerte de parapeto contra la vulgaridad y la confusión que impera en el ámbito del arte, de la literatura y del conocimiento.

Una entrevista, y comentarios- entre paréntesis- de Pascual García, para Ágora, papeles de arte gramático.

¿Va el poeta siempre e indefectiblemente de la oscuridad a la claridad? ¿Es ése siempre su afán y su viaje?
En mi caso sí se ha producido ese itinerario. No lo provoqué: se produjo. Decía Borges que era la puerta quien elegía, no el hombre. El azar elegirá para otros poetas otros itinerarios.

(Leyendo sus libros: “Elsinore” (1972), “Scholia” (1978), “Necrofilia” (1983), “La caja de plata” (1985), “El otro sueño” (1987), “El hacha y la rosa” (1993), “Por fuertes y fronteras” (1996), “Sin miedo ni esperanza” (2002), “El enemigo oculto” (2003) y “Ahora y siempre” (2004) entre otros muchos títulos de este autor prolífico y consecuente, uno no puede eliminar del todo la sombra bienhechora del inmortal Borges, de aquel argentino universal, que también profesaba la religión de los libros. No lo niega nuestro poeta madrileño, sino que más bien lo tiene a gala, aunque entre los dos escritores haya tantas diferencias como las debe haber entre dos personalidades distintas y bien definidas, nacidas a miles de kilómetros la una de la otra y cuyas existencias han seguido diversos itinerarios).

¿El carácter culto, oscuro a veces, complejo y erudito de tu poesía no implica, en el fondo, una voluntad de construir un universo personal, un territorio literario propio, que constituya un particular espacio de encuentro con determinadas lectores? ¿Acaso esa inmensa minoría a la que hacía referencia Juan Ramón Jiménez?
Empecé escribiendo desde la oscuridad, pero a partir de “La caja de plata” mis poemas son accesibles a la mayoría, teniendo en cuenta que una mayoría de lectores, tratándose de poesía, son esa inmensa minoría de cuatro o cinco mil lectores de la que hablaba Juan Ramón.

¿La ubicación del poeta en el redescubrimiento de la cultura y del mito no revela, en cierta medida, un fondo de escepticismo y de descreimiento ante la condición humana y ante la vida en general? Como si el escritor, que ha dejado de sentir el mundo, se elevara por encima y buscara otros ámbitos en el tiempo o en el lenguaje.
Es eso, es precisamente eso. Me confieso escéptico por convicción, y creo que sólo se avanza a golpe de escepticismo. Pero los viajes por el tiempo y por el lenguaje no nos libran del todo de la angustia ante el mundo, de la profunda amargura que destila la condición humana.

(También nosotros, sus lectores devotos, hemos encontrado en sus versos ese alimento ecuménico y sagrado que nos permite disfrutar del momento, conservar la memoria y mirar con disgusto el espectáculo que nos rodea, sin acogernos a otro dios ni a otra fe que a la de su palabra: Si Dios existe, Dios es alguien/ que disfruta consigo mismo).

Hay en tu actitud frente a la literatura la percepción indudable de un gran lector. En realidad da la impresión de que un lector incesante estuviese buscando el texto que desea leer de nuevo. ¿Es un punto de vista borgiano, no te parece? ¿Estás de acuerdo con mi argumento? ¿Qué puedes añadir?
Estoy completamente de acuerdo con lo que dices. Borges es mi padre, mi amigo, mi maestro. Yo también, como él, me siento orgulloso de lo que he leído, no de lo que he escrito.

¿Por qué ese viraje casi radical en lo referente a la estética y a la expresión literaria que emprendes a principios de los ochenta, ese paso de lo críptico a lo mundano, aunque matizando siempre los dos términos?
Tampoco es tan brusco ese cambio. Leyendo atentamente mis primeros libros, ya está dibujada en ellas mi estética posterior. Me gusta eso de haber pasado de lo críptico a lo mundano. Pero ni era tan críptica mi escritura inicial, ni tan “mundana” la que fui desarrollando más tarde, a partir de los años 80 del siglo pasado. En todo caso, esta última ha resultado, sí, más comunicativa, menos privada, más universal.

(Tal vez el secreto de la poética luisalbertiana resida justo en esa mezcla, bien proporcionada, del arte y de la vida, de la carga libresca y del dolor de la calle, que de una forma tan sutil reflejan sus poemas, sobre todo los de esta última época, cuando el poeta decide volverse hacia el hombre que él mismo representa y escribir sobre su condición, como si se empeñara en resolver esa vieja y manida paradoja de los grandes poetas: Pero, ¿por qué no voy a ser/ al mismo tiempo sueño y vida).


¿No existe cierta contradicción entre tu voluntad, a partir de un momento dado, de iluminar el mundo y el poema y el caos patente de la realidad que nos circunda?
Yo creo que mis poemas pueden iluminar el mundo algunas veces, pero sólo un par de minutos, como esos artefactos lumínicos que hay en las catedrales para encender las luces del altar mayor, previa inserción de una moneda. Por lo demás, tengo claro que el caos lo preside todo. Pero se deja iluminar de tanto en tanto. No puede evitar que existan la belleza y la bondad en el universo.

Toda tu andadura poética ha sido un constante posicionamiento entre los opuestos de la literatura: comunicación (vs) conocimiento, vida (vs) cultura. ¿Has conseguido, al fin, conciliarlos? ¿No serán en ti y, por ende, en tu obra una misma cosa?
Pienso que sí, que he conseguido conciliar esos (sólo aparentes) contrarios. La cultura nos enseña a vivir mejor, y el conocimiento contribuye a hacer más honda y más fecunda la comunicación entre los hombres.

(Toda su trayectoria, su biografía y sus preferencias lo han conducido hacia este extremo; de modo que no puede haber contrasentido entre lo que ha escrito desde el primer libro y el tiempo que ha invertido en gastar los años y los días que ya no tiene. Es joven todavía, desde luego, y escribirá más versos, pero no podrá ni querrá despojarse nunca de un equipaje de nombres y de fechas, de personajes y de sucesos que ya son historia: ¿Volverán algún día los héroes de su exilio/ dorado, allá en las islas donde el sol no se pone?/ ¿Dejará de reinar por doquiera el hastío?/ ¿Morderá el polvo al fin tanta melancolía).

Estoy de acuerdo contigo en que la poesía no es menos ficción que el resto de la literatura y, sin embargo, tú estarás de acuerdo conmigo en que tu poesía exhibe, de algún modo, ámbitos de tu propia vida, de tu yo más patente o más escondido. No sé si se trata de una contradicción. ¿Podrías aclarármelo?
Mi poesía es plena y absolutamente autobiográfica. Con ella en las manos, un buen psicoanalista podría ahorrarse conmigo los interrogatorios en el diván. Y, sin embargo, mi poesía es ficción. Puede parecer contradictorio, acaso lo sea, pero a mí me parece que la realidad es un espacio para la ficción: el “teatro del mundo” que acuñó Calderón en uno sus autos sacramentales más famosos.

¿El uso de la cultura grecolatina, de los moldes métricos tradicionales en un planeta desbordado por la tecnología, la ciencia y la banalidad no es, en cierto modo, una firme protesta, aunque de la manera más sutil y bajo la forma de una impresionante ironía, acerca de la vida y del hombre actuales?
Vuelves a tener razón, y nunca había reparado en ello. Va a ser verdad que cuando me sirvo de la métrica tradicional y me refugio en los autores clásicos no estoy haciendo otra cosa que protestar. Detesto la sociedad actual y, sobre todo, su paupérrimo nivel educativo.

(Resulta razonable que un escritor de su talla se permita cierto grado de evasión y con sus libros, nos invite a nosotros a elevarnos por encima de las miserias humanas de todos los días. No es obligatorio, pero la mejor poesía ha tenido muchas veces esta tentación, incluido aquel monumento místico de San Juan, y los mejores lectores hemos buscado, muy a menudo esos espacios recoletos donde escondernos de tanta fealdad y de tanto dolor: Vengo de desertar en Bouvines o de pelear en Midway,/ vengo de la victoria o de la cobardía).

¿No es a veces, muchas veces, la literatura, la poesía, el único ámbito seguro, el orden dentro del orden, el orden soñado, una suerte de sueño imposible hecho realidad?
Amplíalo a las artes todas, no sólo a la literatura. El arte es el único espacio de orden posible. Lo que nos salva, aunque sea tan sólo por un rato, del aburrido caos circundante.

Como consecuencia de la pregunta anterior ¿no sería la literatura ese paraíso perdido al que añoramos siempre regresar, el único paraíso perdido?
En mi opinión, el paraíso perdido no es la literatura, sino la infancia. Toda nuestra vida es un lamento por esa pérdida que sólo se extingue con la muerte.

¿Ha sido la poesía tu refugio interior, tu paraíso predilecto, o tal vez un cobijo, como escribes en algún momento: “Las mujeres te habían retirado / su protección, los dioses su asistencia / y la literatura su cobijo”?
Mi paraíso predilecto es, insisto, la infancia que se fue para no volver, la niñez en que no existía la muerte y aún había remedios caseros contra las pesadillas. En la literatura he buscado siempre asilo, refugio. Y me lo ha brindado, gustosa. La verdad es que la poesía ha mejorado mi calidad de vida y ha templado no pocas veces mi predisposición a la melancolía.

(Si necesitásemos justificar la literatura, en las palabras de Luis Alberto de Cuenca encontraríamos el argumento infalible. Seguramente porque la causa de todos los males del mundo, incluso los más graves, como la guerra y la insolidaridad radique en el aburrimiento, porque no hay otra existencia que la que todos los días nos viene dada, salvo que abramos un buen libro y busquemos la aventura o la escribamos nosotros: Y nos besamos como en las películas,/ y nos quisimos como en las canciones./ Cuando la realidad era el deseo/ y nuestro reino no era de este mundo).

A pesar de tanta referencia libresca, tanta cultura y tanta erudición, encuentro mucha vida en tus versos, mucho amor, mucha noche, algunos guiños canallas y un enorme sentido del humor. ¿Puede ser este último el ingrediente que más acerca al lector de a pie a tu obra?
Lo que nos diferencia a los seres humanos del resto de los animales que pueblan el planeta es el sentido del humor. La risa, recordaba Rabelais en los preliminares de su Gargantúa, es el proprium de la humanidad. Mi bisabuelo Carlos Luis de Cuenca cultivó en los periódicos de su época un tipo de poesía festiva que suscitaba adicción entre sus lectores. Ojalá pueda servirme de algo mi parentesco con él.

Yo creo que el gran acierto de la poesía luisalbertiana es instaurar el mito en el espacio más actual y cotidiano; tal vez el ejemplo que se me ocurre, así de repente, sea el poema, magnífico por otro lado, titulado “Nausícaa”. ¿Parafraseando alguno de tus títulos: es el mito siempre necesario?
Necesario y, por tanto, obligatorio. Los mitos están siempre vivos. Les pasa lo que a la materia de Newton: ni se crean ni se destruyen, tan sólo se transforman. Mi poema “Nausícaa” (en el que se habla de la hija de Alcínoo como si fuese contemporánea nuestra) y mi libro Necesidad del mito (Murcia, 2008) coinciden en esa apreciación.

(Después de leer toda la obra de Luis Alberto de Cuenca resulta evidente y natural ese logro extraordinario de reconstruir el mundo con los viejos moldes clásicos, de mezclar a Odiseo con los jóvenes de la noche capitalina, de buscar y conseguir los antiguos placeres para insistir en ese carpe diem necesario e inevitable. Pero, además, uno emerge de sus libros casi purificado, como se sale de un ritual de iniciación en los misterios de la vida.
Acabada la entrevista, me queda el privilegio de haber escuchado las palabras de un maestro, de compartir con él un pequeño resquicio de vida y ese enorme paisaje del deseo, al que unos pocos estamos entregados desde hace mucho y que tanto nos une. Lo llamamos literatura y constituye un pacto inquebrantable, casi secreto, de complicidad. Enhorabuena al poeta y mi eterna gratitud).

domingo, 7 de junio de 2009

Eduardo Segura y la mitopoeia de Tolkien: el amante de las palabras


Eduardo Segura (Oviedo, 1967) es licenciado en Historia Moderna y doctor en Filología. Autor de J.R.R. Tolkien, el mago de las palabras (Casals 2002), y de El viaje del anillo (Minotauro 2004), ha traducido y editado, junto a Guillermo Peris, Tolkien o la fuerza del mito: la Tierra Media en perspectiva (LibrosLibres 2003) y, en colaboración con Thomas Honegger, Myth and Magic, Art according to the Inklings (Walking Tree Publishers 2007). Es asimismo autor del ensayo Las crónicas de Narnia, de C.S. Lewis (Cénlit ediciones 2008). Entre sus proyectos inmediatos se encuentra un estudio conjunto sobre la adaptación El señor de los anillos dirigida por Peter Jackson. Actualmente es profesor de Estética, de Filosofía Política y de Literatura y Filosofía en la Europa Cristiana, en el Instituto de Filosofía Edith Stein, de Granada.

Le entrevistamos tras la publicación de J.R.R. Tolkien: mitopoeia y mitología. Reflexiones bajo la luz refractada.

Una entrevista de Francisco Javier Illán Vivas.
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Pregunta.- Su libro reúne ensayos escritos entre 1997 y 2008 y en ese largo periodo usted mismo nos cuenta que su reflexión se ha hecho más profunda, consciente, erudita e informada por numerosas lecturas, experiencias y conversaciones.
Respuesta.- Sin duda. El estudio constante es la única vía de acceso al entendimiento profundo de cualquier objeto de estudio. Lo que al principio de mis trabajos académicos eran sólo intuiciones, se han convertido en convicciones, o bien han quedado matizadas o incluso desmentidas en el camino de encontrar esforzadamente la verdad. Considero que esta actitud es la única válida en el mundo universitario —y en la vida—, pues la honestidad se revela camino seguro de descubrimiento de la verdad y, por tanto, de servicio al mundo. Los prejuicios son siempre anteojeras que empobrecen el espíritu y tornan mezquina la razón, un instrumento maravilloso que nos ha sido dado para buscar la verdad, encontrarla y amarla.

P.- Hay algunas ideas que, durante la lectura este libro, he destacado, y que me gustaría que las comentásemos. La primera de ellas es que Tolkien crea una mitología en el siglo xx.
R.- No me cansaré de repetir que Tolkien no es el padre de la literatura fantástica moderna, como se repite sin cesar en todas partes. Se trata de un error simplista, fruto de la mercadotecnia. Tolkien fue un filólogo que escribía mitos, es decir, relatos vivificados desde dentro por la capacidad que el lenguaje posee para dotar de credibilidad a las invenciones de la imaginación, capacitándolas para reconstruir un pasado ucrónico profundamente verosímil y deseable. Tolkien compuso su mitología enraizándola en una tradición literaria cuyos jalones abarcan desde Homero hasta los románticos, pasando por las sagas nórdicas, Beowulf, Chaucer, Spenser, Milton o el Kalevala. Fruto de su conocimiento de primera mano —intelectual e íntimo, connatural—de los textos fundacionales de la literatura europea, el Profesor Tolkien fue capaz de hallar un nuevo modo de posicionarse frente a los horrores del siglo xx, emergiendo desde las trincheras de la Gran Guerra como un coloso capaz de mostrar que había esperanza en medio de las lágrimas y el sinsentido. Toda su mitología es la historia de cómo una progresiva decadencia no deriva necesariamente en la desesperación, sino que puede conducir al gozo íntimo y trágico de la redención.

P.- Pero Tolkien no subcreó sólo una mitología, sino una auténtica teología del arte, lo que usted denomina estética teológica.
R.- En efecto. Tolkien dedicó muchas horas de reflexión al proceso de creación artística, que él llamó subcreación. Si somos imagen y semejanza de un Creador, entonces aún creamos según la ley en la que fuimos creados: según la ley de los mundos posibles que proceden de la palabra, del Lógos. Hay una profunda raíz teológica en esa intuición. El hombre deviene subcreador, un dios (en el más noble de los sentidos) capaz de inventar (es decir, de encontrar) mundos posibles en la potencialmente infinita riqueza de significado de este mundo. La estética teológica presente en Tolkien es vivificada por su convicción de que la forma del ser del mundo es luminosa y polisémica: las palabras, los idiomas, son medios para cantar y contar los matices poliédricos de la realidad, como sucede cuando la luz atraviesa un prisma y se refracta en múltiples colores.

P.- Igualmente, usted destaca que Tolkien amaba demasiado las palabras como para negarles su potencial significativo.
R.- Es una consecuencia de lo que acabamos de considerar. Si el mundo como Creación de Dios es fruto de un Lógos (Juan 1, 1-18) y, por tanto, atesora y muestra la infinita riqueza del significado del Creador, entonces las palabras que cuentan el eco del cantar primigenio de la Creación aún pueden recoger los matices de ese canto colosal e íntimo. Las palabras son vehículo de la verdad del mundo, nada menos.

P.- Estamos en tiempos iletrados, y cito textualmente: tiempos de “analfabetismo falaz, necio y orgulloso”. ¿Realmente aspira el misólogo a la creación de un lenguaje no significativo? Y, si es así, ¿realmente somos enanos aupados en los hombros de gigantes?
R.- El misólogo, el mentiroso profesional, aspira a engañar, a retorcer las palabras para vaciarlas de sentido, o bien para transformarlas a su antojo como medio para ocultar la luz. Saruman es un ejemplo extraordinario de este modo de proceder, tan tristemente actual. Es característico del discurso político, especialmente en los últimos cincuenta años, tergiversar las palabras. De ahí que los políticos se nos antojen muchas veces meros charlatanes. Si la verdad no interesa, se acuñan nuevas maneras de decir que, sin embargo, no pueden ocultar sus carencias de significado. Hemos llegado a un equilibrio precario donde se nos intenta hacer creer que las palabras no importan porque son meras cuestiones semánticas, cuando es precisamente por ser eso por lo que no podemos renunciar a defender el sentido de lo que las palabras significan. La historia del pensamiento se apoya, entre otras cuestiones, en el conocimiento pleno del significado que los términos tenían en el pasado, para poder establecer la línea evolutiva del debate. Pero vivimos tiempos lerdos, bastos, en los que parece más fácil obviar el camino de esfuerzo que supone y exige el aprendizaje, pues no hay nada más maleable que la masa humana a quien se puede decir qué consigna debe repetir. No hay más que poner la tele para comprobar que no exagero.
Por eso, si bien es verdad que somos enanos aupados a hombros de gigantes, también lo es que el enano que no haga el esfuerzo de subir a esos hombros egregios, no será capaz de ver nada más allá de su propia pequeñez; y pasará por la vida sin haber vivido.

P.- ¿Son realmente los cuentos manifestaciones antropológicas del deseo de eternidad que late en el alma de cada ser humano?
R.- Sin duda. Los cuentos son formas literarias cuyo origen es casi siempre oral, que realizan el deseo humano de permanecer; que muestran el asombro que el ser humano ha experimentado ante la belleza del mundo, ante la oscuridad del mal y la luz de la bondad, ante la superabundancia con que se nos muestra el ser por todas partes. Los cuentos, las buenas historias —y nuestra ansia de que alguien las relate (o sea, literalmente que las haga otra vez presentes)—, nos demuestran una y otra vez que había en nosotros más tela de la que fue necesaria para cortar el traje de nuestro destino.

P.- No es válida una buena historia mal contada, o una mala historia bien narrada.
R.- Por lo que acabamos de decir: porque el fondo y la forma manifiestan la unidad de lo que la realidad es. La obra artística, pero también un gesto de cariño o una comida bien preparada, iluminan el hecho de que el mundo se nos presenta como forma misteriosa pero armónica; como paradoja radical, pues no podemos ver sin luz y, sin embargo, demasiada luz nos deslumbra. Una buena historia mal contada es el fracaso del arte, la desilusión ante la expectativa desmentida.

P.- La obra de Tolkien es fantástica literatura, no literatura fantástica, como señaló al principio. Es épica, y no fantasía. Poemas transmitidos de forma oral antes que literatura de consumo. Sagas, y no trilogías.
R.- Bueno, creo que éste es el clásico y triste malentendido que hemos heredado de decenios de intereses económicos entremezclados, en este caso, con la literatura. Tolkien generó una forma literaria que, al no ser bien entendida, ha dado lugar a una confusión alimentada por el dinero. De manera que tenemos a un auténtico bardo moderno a quien se ha atribuido la paternidad de, en muchas ocasiones, meras chorradas, seudo-literatura que sólo ha servido para acrecentar las fortunas de algunos espabilados, y para que la mirada superficial juzgase a Tolkien desde el criterio de esos mequetrefes del mercado de intereses que ha devenido en tantas ocasiones el arte desde, digamos, las mala digestión de las vanguardias del siglo pasado.

P.- Casi al final de su libro nos cuenta que el propio Tolkien afirmó en repetidas ocasiones que sus libros habían sido escritos para ser leídos en voz alta. Va a perdonarme mi ignorancia, ¿se ha hecho o se hace esto en algún lugar?
R.- En muchos lugares. Las diversas asociaciones Tolkien de todo el mundo dedican a esta gratísima forma de deleite artístico parte de su actividad, a veces semanalmente. Yo mismo he tenido la fortuna de participar en esas sesiones. Sin duda, la sonoridad del lenguaje de Tolkien —especialmente en el original inglés— muestra la adecuación de ese deseo del autor al hecho de que las palabras, cuando dicen lo que quieren decir —cuando se las deja en la libertad de cantar toda su historia—, deben ser proclamadas en voz bien alta, como pura filo-logía, como amor a lo que ellas encierran.

P.- ¿En qué medida influyó el amor de Tolkien por la naturaleza, el placer por la vida tranquila y la contemplación del tiempo como un inexorable juez y ejecutor de la belleza terrena, en su obra? Ésta es una idea en la que usted insiste, ya que también nos cuenta que él estaba convencido del poderoso efecto que las montañas lejanas, los bosques y las nubes distantes ejercen sobre la inteligencia y la imaginación de cualquier lector.
R.- Vivimos tiempos amantes de lo efímero y lo fútil. Los mensajes sms son una triste y buena muestra de lo que digo: han generado un lenguaje que es como un abortivo, una muestra de cómo las palabras pueden llegar a ser transmisoras del vacío. Por eso Tolkien es malentendido en tantos lugares: porque al exigir un tempo contemplativo en el lector, al colocar el espíritu ante la exigencia de armonizar la vida con los tiempos del mundo y la naturaleza, la prisa y la desorientación llevan al desconcierto de no saber qué hacer con su literatura. Esto es algo que le ha ocurrido también a Peter Jackson en muchas ocasiones durante el rodaje y montaje final de su —por otro lado excelente— película: sencillamente, no ha sabido mirar.
La vida posee su propio ritmo. La armonización de nuestros tiempos interiores con esa exigencia, es camino de aprendizaje para alcanzar la educación de la mirada. Sólo los ojos capaces de descubrir la belleza del mundo serán capaces de no desesperar ante la evidencia del mal y la fealdad. Por eso la buena literatura —todo Arte— es cauce de la esperanza.


P.- ¿En estos quince ensayos cree que ha conseguido, por fin, desvelar la Belleza que hay en Tolkien?
R.- ¡Ojalá! Pero no, ésa es una tarea mucho más ardua e inalcanzable, que probablemente precisará toda una vida de estudio y contemplación. Las obras de arte que en verdad lo son no pueden ser encerradas en los límites de un análisis que, por certero y sabio que llegase a ser, siempre dejaría matices nuevos por considerar. La belleza que Tolkien descubrió remite a otra Belleza; y ese pensamiento, alentador como es, resulta indicador del interminable camino que entretejen los intentos del hombre por alcanzar el meollo de la vida, del mundo, de Dios.

P.- De su libro, me ha gustado mucho el que las notas no estén a pie de página, sino al final de cada uno de los ensayos, lo que hace la lectura más ágil.
R.- Decidimos que así fuera en aras de ganar en claridad a la hora de leer el cuerpo principal del texto. Era difícil que cupiesen también las notas sin que la página quedase demasiado abigarrada. Creo que ha sido una decisión editorial acertada, pues hace más cómoda la lectura y más estético el libro.

P.- Y ya que hablo del libro, me gustaría que nos hablase sobre PortalEditions.
R.- Portal nace como una editorial a medio camino entre la aventura y el sueño de cubrir una laguna en el ámbito editorial actual, especialmente en nuestra lengua. Martin Simonson es su alma mater, gran amigo y él también estudioso de la vida y obra de Tolkien y los Inklings. Procuramos ofrecer al lector interesado una serie de colecciones donde redescubrir a los románticos ingleses y alemanes o la novela gótica, a Tolkien y sus amigos inklings y las antiguas mitologías del ámbito mediterráneo y anglo-germánico, la novelística norteamericana contemporánea o ciertos clásicos de la ciencia-ficción. Hemos agrupado estas colecciones bajo el nombre genérico de Expresiones. Exploraciones, por su parte, es el marco desde el que se ofrecerán al lector estudios de especialistas de reconocido prestigio sobre esos mismos autores y épocas de la Historia de las Letras.
La editorial opera desde Internet, de manera que los libros se adquieren por pedido directo, evitando retrasos, pérdidas y gastos innecesarios. También ofrecemos los libros en formato electrónico.

P.- Ya al final nos cuenta usted que este libro cierra una etapa en la investigación académica que ha venido desarrollando desde 1994, a la vez que abre otra. ¿Qué nos deparará en el futuro la pluma de Eduardo Segura?
R.- Me gustaría probar esa pluma frente al reto de escribir una novela que en verdad merezca ese nombre. En cuanto a mis trabajos académicos, miro ahora hacia un horizonte realmente fascinante, en el que busco situar a Tolkien respecto del romanticismo, mientras sigo ahondando en el estudio de la peculiar estética teológica tolkieniana sobre la que antes me preguntaba.

P.- Hay un apunte que dejé escrito en la página 128, y sobre el que deseo preguntarle. ¿Qué lee Eduardo Segura?
R.- Soy un lector impenitente. No concibo mi vida sin los libros, de la misma manera que no puedo vivir sin mi familia, sin la música, sin el cine, sin Dios. Mis gustos literarios son bastante variados, y no abunda entre mis lecturas la llamada “literatura fantástica”. Por citar algunos ejemplos de lo que he leído en estos últimos meses, al margen de los libros que me sirven de fuente de estudio, aquí va una breve relación: Homenaje a Melville, de Jean Giono; El retrato de Dorian Gray, de Wilde; Vida y destino, de Vasili Grossman; Amaneció de noche, sobre la vida y muerte del gran maestro Narciso Yepes; Dios y el mundo, de Joseph Ratzinger; Naturaleza muerta, de Douglas Preston y Lincoln Child; Marxismo y cristianismo, de Alasdair MacIntyre; Los hijos de Húrin, de Tolkien; Un mundo feliz, de Aldous Huxley; Blade Runner, de Philip Dick; Elena, de Evelyn Waugh; y una antología de poesía romántica inglesa, publicada por Homo Legens. Algunos de esos libros son relecturas.

P. A todos los poetas les hago una pregunta semejante respecto del sentido de la poesía en el mundo actual. Hoy quiero replantearla: en el mundo de las prisas, de la PlayStation, del iPod, del cambio climático, de la aplastante crisis económica, con millones de personas en el desempleo, incluso de esa epidemia recién surgida de México, ¿necesitamos la épica?
R.- Supongo que todos los poetas te habrán dicho que es más que nunca necesaria ahora. Yo comparto esa visión, pero me gustaría matizar. Lo que precisamos es recuperar el contexto espiritual en el que esa mirada adquiere su pleno sentido. Si no, caemos en el riesgo de dejarnos llevar por un espejismo, pensando que la cultura es un lujo, y que se puede construir sin cimientos. No es así. Necesitamos la poesía, el arte, para descubrir que no estamos solos; que somos algo más que materia, y mucho más que burdos “consumidores”. Que pertenecemos a la raza humana, ¡y que la raza humana está llena de pasión!, como decía el célebre profesor Keating en El club de los poetas muertos. Sólo la nueva mirada nos hará capaces de redescubrir, desde el asombro, que lo que verdaderamente es mágico es el mundo que llamamos real.

P.: Y como esta sección se llama Hablando de Libros, el futuro de los mismos, ¿cómo lo ve un amante de las palabras?
R.- En España, negro oscuro. Resulta vergonzoso que a estas alturas la educación siga siendo no ya una asignatura pendiente, sino el arma con la que la estúpida partitocracia ha convertido a generaciones enteras en esclavos de su propia ignorancia, con el fin de perpetuarse en la poltrona. Mientras tanto, pasa el tiempo, y como quien no avanza retrocede, seguiremos perdiendo puestos no sólo en el concierto mundial, sino en la escala de la felicidad personal. Un pueblo que no lee es un pueblo que no sabe siquiera quién es; y ésa es la peor de las esclavitudes, porque sin espíritu crítico no se puede reaccionar, ya que no se ve el problema, ni se puede percibir su gravedad. La generación del 98 vio claramente este problema cuando decían “me duele España”. Ha pasado un siglo, y ahí seguimos.
Lo que no debemos hacer es pactar con esta triste situación, sino trabajar cada uno en la medida de sus posibilidades —como haces tú, por ejemplo— para frenar esta huida hacia ninguna parte.

Muchas gracias por ayudarnos a estar al lado de lo sublime y darnos cuenta.